En lo que va del año, la FELCC logró capturar 38 avionetas utilizadas para el transporte de drogas, especialmente de cocaína. Esta elevada cifra, que representa un aumento del 73% respecto al año pasado y un 217% más que en 2016, se debería en gran medida a que, según datos de la Dirección Antidrogas de la Policía del país vecino, en los últimos años Bolivia se ha convertido en una suerte de centro de acopio y cristalización de un gran porcentaje de la pasta base y del clorhidrato de cocaína que se produce en aquel país.
Más concretamente, de la droga producida en Alto Huallaga, Puno y sobre todo en el Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (uno de los centros de producción de cocaína más grandes del mundo, que en el pasado abastecía a los cárteles de Colombia). Una vez en territorio boliviano, la pasta base peruana es purificada antes de ser enviada a los países vecinos, principalmente Paraguay, Argentina y Brasil; y desde allí viaja rumbo a África hacia su destino final: Europa.
Como es de suponer, detrás de esta red criminal, que se ocupa no solo de producir y transportar droga, sino también de garantizar la provisión de la materia prima (precursores y hojas de coca), se ha tejido un entramado que está corroyendo a la sociedad y a las fuerzas del orden en ambos lados de la frontera. De allí la urgencia de adoptar medidas que contribuyan a identificar las causas estructurales y coyunturales que posibilitan la expansión del narcotráfico, con el fin de encontrar soluciones que combinen el rigor de la ley con la promoción de alternativas viables para el desarrollo de las comunidades dedicadas al cultivo de coca.






