Decía Oscar Wilde algo así como que “Dios tolera las guerras para que los americanos aprendan geografía”. Y hoy similar alegoría podría atribuirse a la FIFA, cuya sigla no requiere traducción, por la repetitiva alusión a sus decisiones. En efecto, su nonagenario presidente brasileño Joao Havelange solía jactarse de que podía reunir multitudes más numerosas que cualquier político en el mundo. Y ciertamente el fútbol estimula emociones a nivel planetario más que ninguna religión o ideología podría hacerlo.
Sin embargo, aparte de la competencia deportiva en sí, el campeonato mundial esconde los duendes del nacionalismo exacerbado que despiertan cada cuatro años para mostrar los dientes, en una ocasión que, a falta de guerras, resulta propicia para demostrar la fortaleza de sus cuadros y afirmar el letargo de su autoestima nacional, el thimos que llamaban los griegos. Porque a las naciones, como a los humanos, no les bastan los bienes materiales; persiguen también, las primeras, el prestigio colectivo; y los segundos, el reconocimiento comunitario.
Organizar esos juegos universales también brinda la posibilidad de publicitar la calidad del país anfitrión y acopiar laureles a la imagen de su gobernante. Aunque este evento también puede ser aprovechado por sus adversarios, para señalar su desdén por el mandatario receptor u ostentar la reprobación a su ejecutoria gubernamental. Ello ocurrió recientemente en Moscú, cuando ningún jefe de Estado occidental asistió a la ceremonia inaugural de la Copa del Mundo, dejando a Vladímir Putin rodeado tan solo de una media docena de gobernantes de sus Estados clientes.
En el transcurso de las eliminatorias grupales afloraron las rivalidades históricas, geopolíticas y hasta geográficas. Pequeños países desde el punto de vista demográfico o territorial, como Croacia o Bélgica, llegaron a las fases finales, enfrentando a equipos representativos de las grandes potencias industriales o militares, lo que provocó un inusitado orgullo nacional. Putin debió conformarse con aceptar a su lado una triunfal Croacia, dejando de lado la histórica afinidad del Kremlin con la eliminada Serbia, enemiga íntima de Zagreb.
Otra arista interesante surgió cuando el equipo francés se coronó campeón. Fue entonces que en las redes sociales y en la prensa deportiva aparecieron estadísticas criticando la presencia significativa de jugadores de apariencia africana o magrebina. Acusación falsa, toda vez que la mayoría de los aludidos nacieron en territorio francés, lo que, de acuerdo con el jus solis, les da el derecho a ser ciudadanos franceses cien por ciento, en un país cuyo multiculturalismo es norma fundamental.
Indudablemente para Francia ese galardón obtenido por segunda vez, luego de 20 años de esfuerzos, desembocó en concentraciones multitudinarias de gozo y alegría popular, en las cuales todas las diferencias se borraron, para entonar con suprema unción patriótica las notas santas de La Marsellesa. Hacía falta ese estímulo, luego de los siniestros atentados terroristas que en años anteriores comprometieron la solidez del Estado, en una época en la que se ha puesto en cuestión el carácter multicultural de la nación.






