Los bolivianos tenemos una característica muy marcada: somos profundamente nostálgicos. Tal vez sea por eso que desde 1879 anhelemos la vuelta al mar perdido en la Guerra del Pacífico. Es precisamente este tipo de recuerdos el que nos da la posibilidad de construir una narrativa unificadora y constituirnos como nación.
Pero lamentablemente se queda solo en eso: en el recuerdo transmutado en sueño. Existe una fuerte incapacidad que no nos permite hacerlo realidad. No podemos seguir avanzando, y nuestras memorias, en vez de impulsarnos, se convierten en un ancla de adversidad.
Es en este mismo recuerdo donde viven nuestros muertos. Hace tres días falleció Elisa Medrano, una excelente periodista, compañera, amiga y una gran mujer y madre. Si bien todos los que la conocíamos estábamos enterados sobre su delicado estado de salud, e incluso nos dijeron que había sido desahuciada, aun así no esperábamos su partida… siempre pervive una gota de esperanza.
Pero se fue. La vida sigue, dicen muchos, y quizá sea cierto; pero no lo es tanto para los tres niños que dejó en la orfandad. ¿Cómo se consuela a alguien que perdió al ser que lo trajo al mundo? El aliviar la pena del otro es una tarea titánica, más aún cuando se pasó antes por el mismo dolor.
Alguna vez leí que la cura para todo siempre es el agua salada: el sudor, las lágrimas o el mar. Es por eso que cuando perdemos algo o a alguien, el llorar hace bien. Es por eso que para curarnos de esa nostalgia heredada buscamos la reivindicación marítima; la cual, por lo visto, solo la alcanzaremos a través del sudor, porque ni siquiera la Corte Internacional de Justicia de La Haya resolvió este conflicto pendiente que tenemos con Chile hace más de un siglo.
El fallo de La Haya nos dolió a todos los bolivianos. Fue una gran desilusión el escuchar que no existe obligación de Chile de negociar con Bolivia. Ni siquiera llegó una determinación salomónica que nos hubiera servido de consuelo. Esa gota de esperanza que se hubiera traducido en una lágrima de felicidad y no en una de tristeza ni de frustración, sobre todo por los niños, aquellos a los que se les cuenta que perdimos el mar aun cuando nunca lo hayan tenido ni visto.
Es por eso que hace más de una década el autor chileno Pedro Lemebel escribió Canción para un niño boliviano que nunca vio la mar. “Escuchar el verso neopatriótico de algunos chilenos me da vergüenza, sobre todo cuando hablan del mar ganado por las armas. El dios de las aguas seguirá esperando en su eternidad tu mirada de llocalla triste para iluminarla un día con su relámpago azul”.






