Si creíamos que la derecha remozada venía de la mano del elegante liberalismo y de un amigable mercado que nos iguala a todos en el consumo, nos equivocamos. La nueva derecha se viene tan confusa y cargada de contradicciones como la vidriera irrespetuosa de los cambalaches.
El triunfo de Bolsonaro en Brasil nos sirve para evocar varios esqueletos que en América Latina vuelven a la vida de maneras insospechadas. Y es que en los estratos fosilizados de nuestra sociedad perviven genes conservadores y autoritarios listos para saltarnos a la cara en cualquier momento. Y fueron esas pulsiones sociales las que el excapitán del Ejército brasileño (o su equipo de campaña) lograron interpretar y transformar en una candidatura. ¿Qué fenómeno social convierte a un oscuro diputado de un oscuro partido en el candidato estrella de un nuevo populismo de derecha? Quiero ensayar algunas ideas que explican solo una parte de esta historia.
La primera tendencia es el sentimiento anti-PT de al menos dos sectores: las élites económicas que vivieron el ciclo de la izquierda como una pérdida de estatus y se vieron “invadidos” en sus espacios de clase (restaurantes, centros comerciales y playas) por la movilidad social de 40 millones de brasileños que salieron de la pobreza. El segundo sector que también odia al PT son fracciones de clase media que perciben la asistencia estatal hacia los más pobres como privilegios indebidos, generándoles un sentido de injusticia hacia quienes “realmente trabajan”.
Una segunda disposición que Bolsonaro encontró en la sociedad brasileña es el avance de las iglesias evangélicas en la política. Como reacción al movimiento feminista y a las demandas de inclusión de las minorías sexuales surge una potente plataforma que denuncia la “ideología de género” como causante de la descomposición familiar, el crimen y la falta de valores en la sociedad. Bolsonaro se subió a esta ola acusando al candidato del PT de “promover la homosexualidad” en los niños, y durante su campaña no ahorró ataques contra los gais y las mujeres. Este discurso fue clave para su alianza con las iglesias evangélicas, las cuales contribuyeron a fortalecer el carácter policlasista de su voto.
El tercer rasgo de largo plazo que se nos dificulta comprender en la sociedad brasileña es el prestigio social que aún conservan los militares y cómo esto se une con la demanda social de mayor seguridad. Sucede que la dictadura brasileña tuvo características particulares del resto de América Latina: toleró una oposición política controlada y mantuvo al Congreso en funcionamiento, lo que más tarde permitió una transición a la democracia gradual y pactada. Pero su prestigio se debe sobre todo al hecho de que el golpe militar se vincula con una gestión económica desarrollista que logró el famoso “milagro”.
En suma, los brasileños, quienes nunca juzgaron a sus represores, tienen una relación ambigua con su dictadura. Si a esto sumamos la demanda de seguridad y orden, incluso al costo de un recorte de las libertades y los derechos humanos, podemos comprender la buena acogida de la “mano dura” que oferta Bolsonaro. Por supuesto, el reclamo responde a una realidad: Brasil es uno de los países más inseguros del mundo y tres de las 10 ciudades más peligrosas del planeta se ubican en su territorio.
La última tendencia que vale la pena identificar es el malestar antidemocrático que produjo la combinación de crisis económica y escándalos de corrupción. Aunque el Lava Jato involucra a casi toda la clase política, para muchos brasileños es responsabilidad sobre todo del PT. Y tal vez lo más doloroso de aceptar es, como sostiene Nicolás Cabrera, que en uno de los países más desiguales del mundo “es hora de asumir que, para muchas personas, las desigualdades no solo son aceptables, sino que, además, son justas”.






