Gracias al encuentro de artistas que significa la Bienal de Arte contemporáneo de Bolivia (el SIART), tuve el gusto de compartir mi casa con dos ceramistas argentinos, Pablo y Florencia, quienes me transmitieron de viva voz el drama de vivir en la Argentina de Mauricio Macri.
A pesar del espíritu tenaz que acompaña casi siempre a los artistas, mis amigos no pudieron esconder su sensación de derrota frente a un país que, en sus palabras, “se cae a pedazos”. Con una inflación que este año ronda el 40%, un crecimiento del PIB del 1% y una tasa de desempleo del 9%, nuestros vecinos están viviendo una de sus peores pesadillas. En un estado de estupor y espanto, los argentinos parecen concentrados en llegar a fin de mes reduciendo al mínimo sus gastos, “achicándose”, en un precario equilibrio de clase media que lucha por no caer en la pobreza.
Al tratar de explicarnos el día a día de un maestro de provincia (trabajo formal de un artista), cuyo ingreso promedio es de 18.000 pesos argentinos (Bs 3.420), Pablo y Flor nos explican: “Pagamos el alquiler que se ha incrementado en un 20%; solventamos los servicios básicos, que han aumentado en un 55%; tratamos de separar para el transporte, que se disparó en un 60%; y el resto es para comida, que está entre un 40% y un 50% más caro de lo que solíamos pagar”. En síntesis, “llegamos a medio mes… y de ahí, vamos viendo”. Y esa es la frase que sintetiza una moderada esperanza de que la crisis haya llegado a su límite, que la carga se arregle en el camino, o “que cambie el cambio”, alusión irónica a la alianza gobernante de Cambiemos.
Pero las noticias no parecen mejorar. El gobierno de Mauricio Macri se comprometió a conseguir déficit cero en 2019 a cambio de un préstamo de $us 56.000 millones del Fondo Monetario Internacional (FMI). Esto implica la aprobación de un austero presupuesto estatal que reduce a 10 los 22 ministerios de la administración pública, degradando a secretarías de estado áreas como Energía, Trabajo, Salud, Cultura, Desarrollo Sustentable, entre otros. Mientras tanto, la deuda pública no deja de crecer. Según algunos analistas, las nuevas fuentes de crédito, en su mayoría en dólares, han disparado la deuda hasta niveles cercanos al 80% del PIB.
Pero no todas son malas noticias. Con el recuerdo fresco de la crisis de 2001, vuelven las estrategias colectivas puestas en marcha en esas épocas austeras: surgen grupos de desempleados para exigirle al Estado planes de empleo (retomando la tradición de los “piqueteros”); germinan también redes de trueque, que buscan paliar la carencia de dinero necesario para el mercado a través del intercambio de bienes o saberes; se retoman las asambleas barriales y, especialmente entre los artistas, se consolida el trabajo colaborativo para poder “hacer algo en el arte a pesar de la crisis”.
Mientras tanto, el año próximo el Presidente argentino buscará renovar su mandato. Para ello, según Ernesto Tenembaum, el Mandatario sigue aferrado a un relato con reminiscencia bíblica: “Macri explica siempre que recibió una Argentina devastada por la corrupción populista. Y que se propone guiarla hacia un estado de crecimiento genuino e integración social. En el camino habrá dolor, errores, marchas y contramarchas en el desierto; hasta que finalmente el pueblo hebreo llegue a la tierra prometida”. Y allí seguimos, dice en escritor, “deambulando en el desierto”, ya que los argentinos son más pobres que antes, la inflación es más alta, la deuda externa es más voluminosa. Y se pregunta: ¿No nos habremos metido en tierras inhóspitas y, en lugar de llegar a un vergel, moriremos todos de hambre y de sed? Más que la tierra prometida, lo que está a la vuelta de la esquina son las próximas elecciones. Allí se verá cuánta gente aún cree en el paraíso terrenal prometido por Mauricio Macri.






