La discusión sobre la economía debe realizarse con rigor y argumentos sólidos. No hay soluciones mágicas. Cualquier futura estrategia en este ámbito requerirá de un complejo equilibrio de políticas monetarias, cambiarias y fiscales; y de una evaluación serena de su secuencia y de sus impactos directos e indirectos en la vida nacional.
La opinión pública está recibiendo mensajes contradictorios sobre la situación y el futuro de la economía nacional. Frecuentemente estas discusiones se realizan en términos simplistas, contaminados por prejuicios partidarios. Muchos opinan a partir de argumentos frágiles, con base en eslóganes o afirmaciones emotivas destinadas a movilizar y no a ampliar la comprensión de los fenómenos o a identificar soluciones viables.
Tales debilidades en el debate democrático son particularmente dañinas considerando que estamos en un contexto global de gran incertidumbre, en el que no hay señales de mejora y en el que muchos países ya están enfrentando graves desequilibrios económicos y políticos. Es el peor momento para jugar con las expectativas y los temores de los inversores, ahorristas y consumidores nacionales.
Un ejemplo patético de este fenómeno es la polémica sobre la política cambiaria. El punto de partida de esta preocupación es válido, a la vista de la apreciación de las monedas de nuestros vecinos, de la significativa devaluación del peso argentino y de las obvias dificultades de la política nacional para adecuarse a este contexto novedoso. Lamentablemente, este debate estratégico está derivando en una oleada de rumores y bulos en las redes sociales, con objetivos que no tienen mucho que ver con la promoción de una conversación informada.
Por otra parte, varios comentaristas reducen la cuestión a una posible, necesaria o futura devaluación de la moneda local. Unos advirtiendo sobre los peligros si esto ocurre; y otros dando a entender que se trataría de una decisión sencilla, que solucionaría los problemas económicos. Sin embargo, no es un tema menor, y los impactos de una devaluación serían complejos. Para algunos sectores podría ser provechoso, por caso, para los exportadores no tradicionales. Pero para otros sectores conllevaría riesgos evidentes, por ejemplo para el sistema financiero o para las industrias dependientes de materia prima externa. Y su relación con la inflación tampoco es tan obvia.
Es más, la experiencia internacional evidencia que, para ser exitosa, una política cambiaria en tal sentido debe estar íntimamente vinculada con otras acciones en el ámbito fiscal o monetario; todas ellas con implicaciones multidimensionales. No es además una cuestión que dependa solo de tecnócratas o de racionalidades económicas cerradas, sino también de la capacidad de construir equilibrios políticos y de contar con operadores que las hagan posibles. Sería en extremo riesgoso no considerar todas estas aristas.






