A pocos días de acabar el año, el balance de la lucha contra la violencia hacia las mujeres en el país es negativo. Al alarmante dato de más de 100 mujeres asesinadas durante el año por sus parejas u otros varones de su entorno, se suma el espeluznante caso de la adolescente de 18 años que fue drogada y violada en la ciudad de Santa Cruz por cinco jóvenes, cuyos familiares trataron de encubrir.
Según estimaciones del Ministerio Público, en 2017 fueron 109 los casos de mujeres asesinadas solo por su género; y en los días que faltan hasta la Nochevieja es posible que los 108 casos registrados por este diario hasta ayer sumen otros más, superando el espantoso récord del año anterior. Detrás de todos y cada uno de los casos hay una sociedad enferma que todavía tolera las múltiples manifestaciones de violencia contra las mujeres y hasta las justifica, como si no fuese evidente que no hay nada que permita afirmar la equivocada idea de la supuesta superioridad masculina.
Desde el aparentemente inofensivo humor hasta las peores formas de sometimiento, físico y psicológico, las mujeres deben aprender a vivir en un entorno donde siempre parece aceptable la torpeza masculina, tanto como reprochable la reacción femenina. El epítome de esta despreciable pedagogía parece ser la frase “ella se lo buscó”, que no solo exculpa al agresor, sino que además añade violencia sobre la víctima.
El reciente caso de los jóvenes y adolescentes que drogaron y violaron a su “amiga” de colegio en un motel de Santa Cruz de la Sierra es el ejemplo más cabal de lo afirmado; pues no solo ocurrió que un grupo de chicos (uno de ellos de apenas 15 años de edad) se creyeron con el derecho de obligar a la muchacha a tener sexo por la fuerza, sino que luego de conocido el suceso menudearon los discursos que exculpan a los agresores y denigran a la víctima.
El momento de mayor ridiculez llegó cuando la madre de uno de los agresores se preguntó qué hacía la muchacha agredida con un grupo de “amigos” luego de consumir bebidas alcohólicas y drogas, como reconociendo que el chico que ella misma ha criado no puede distinguirse de un animal que solo responde a sus instintos.
Como éste, son muchos los casos, en Bolivia y en otros países, en los que el sentido común se impone sobre la más elemental racionalidad, dictando que es posible encontrar “explicaciones razonables” a una conducta abiertamente delincuencial. ¿A quién sorprenderá, pues, que luego jueces y otros administradores de justicia se abstengan de sancionar a asesinos y violadores?
La situación merece la máxima alarma, pero es evidente que el Estado, en sus tres niveles gubernativos, sigue siendo profundamente patriarcal, pues los tomadores de decisiones creen que basta y sobra con tener una ley de avanzada, sin preocuparse si ésta es eficaz o siquiera si está siendo aplicada de manera correcta. Es tiempo de cambiar este estado de cosas, si no deseamos someter a toda la sociedad al retraso y la estulticia.






