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Hagamos caso a Durruti

La crisis de representatividad política y, especialmente, la corrupción han provocado un reflujo ultraconservador.

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Por Ricardo Bajo
/ enero 16, 2019
en Voces

Dicen que ha vuelto la extrema derecha. Dicen que es una moda pasajera; que es virus altamente contagioso. Dicen que es un “fantasma” que recorre el mundo, de Europa del Este a Escandinavia, de Alemania y Francia a Italia, de España a Brasil, con legiones de “vox-onaros”. Ninguna sociedad se salva del posfascismo (¿ni siquiera Bolivia?) en este “déjà vu” del período de entreguerras que (mal)parió a Hitler y Musolini. ¿Cómo es posible que mujeres y “minorías” voten por machos alfa desafiantes, racistas y homófobos? ¿Por qué antiguos votantes de izquierda que se beneficiaron de políticas sociales inclusivas optan ahora por partidos fascistas?

La ultraderecha está a la ofensiva, se hipermoviliza, vuelve revanchista por venganza, con el odio y el miedo por bandera. Hay hambre de más derechos y el sistema ha decidido recuperar el fascismo para utilizarlo como infantería de la vieja derecha; para aplicar sus políticas de toda la vida: recortes sociales, achicamiento del Estado, redistribución… pero para arriba. ¿Por qué cuando el capitalismo pasa por sus peores horas la ultraderecha triunfa? ¿Quién la invitó a la mesa, quién la trajo? La “invitó” la izquierda, la trajeron las redes sociales; la invitó la crisis, la trajo la globalización injusta. ¿Qué hacer?

Uno: el distanciamiento de la política tradicional, el descreimiento de los partidos, la crisis de representatividad de formaciones políticas (y sindicales) y, especialmente, la corrupción han provocado un reflujo ultraconservador. Las izquierdas, manchadas y corruptas, abandonaron las viejas banderas de lucha y desmovilizaron a sus bases, que optaron por abstenerse y dejaron las calles. Cuando apenas despertaron, la ultraderecha seguía ahí.  

Dos: las redes sociales han sustituido a los medios de comunicación. Las emociones fácilmente manipulables por las redes y el big data han pasado por encima de las cifras objetivas, de la contextualización, de la contraparte. La apuesta por lo simple vs. lo complejo, lo vertical vs. lo horizontal, lo volátil y banal vs. lo reflexivo han encontrado en las redes la herramienta perfecta de difusión e intoxicación, de propaganda intensa. Estas son usadas para aumentar la agresividad, para limitar la lucha de ideas. En la cancha embarrada de la demagogia, del histrionismo y del insulto anónimo e impune, la ultraderecha golea a placer y desplaza el espectro del debate hacia la derecha con una única intención: retrasar el reloj. ¿Es una opción abandonar las redes sociales?

Tres: la pésima gestión de las crisis financiera y migratoria ha puesto también su granito de arena. Las víctimas de una globalización injusta, los nuevos desheredados de la tierra han sido seducidos no por una izquierda que en cierta manera los abandonó, sino por una ultraderecha que ha sabido capitalizar un sentimiento de bronca antiélite. La paradoja es que los líderes ultras como Trump, Bolsonaro, Salvini, Marine Le Pen, Viktor Orbán o Santiago Abascal vienen precisamente de esas élites contra las que supuestamente dicen luchar. La otra paradoja es que éstos aparecen siempre más radicales que sus propias bases en un intento eterno de polarización constante y visceral.

Cuatro: ¿qué hacer? Hay dos salidas: “blanquear” o aislar. Unos han decidido, tapándose la nariz, legitimar a la ultraderecha pactando con ella para poder formar gobiernos. Ha pasado esto en países como Dinamarca, Bélgica, Finlandia, Holanda y recientemente en Andalucía (España). Incluso partidos socialdemócratas de centro izquierda (valga la redundancia) han transado, como en Rumania. Así, los fascistas y sus propuestas “extravagantes” son equiparados al resto, corriendo el espectro ideológico hacia el oscurantismo.

Otros han optado por los “cordones sanitarios”, por el aislamiento a través de la unión de todos los partidos desde la derecha tradicional hasta la izquierda, pasando por los liberales y el ansiado centro. Esto ha pasado en Francia y en Alemania, y recientemente en Suecia. Dicen que dijo el gran Durruti que con el fascismo no se discute, que al fascismo se lo destruye. Hagamos caso al bueno de Buenaventura que de combatir fascistas sabía un cacho.

* Periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

en tendencia: durrutiextraconservadorreflujo

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