Los intereses geopolíticos y económicos nacionales, valores fundamentales que se desea resguardar, y una lectura realista del escenario político internacional deberían ser elementos ineludibles a la hora de trazar la política exterior del país. En todos estos asuntos se están produciendo transformaciones fundamentales que Bolivia no puede soslayar.
Privilegiar solo uno de esos tres pilares podría llevar a errores en la conducción de las relaciones exteriores. No sería deseable, por ejemplo, una política basada únicamente en objetivos ideológicos, desconectada de las cambiantes correlaciones políticas de los gobiernos de países vecinos, o la imposición de costos insostenibles a intereses concretos de la economía.
De igual manera, una acción diplomática sin ninguna referencia normativa puede llevar a un pragmatismo exacerbado; lo que a su vez en un país pequeño puede derivar en la subordinación a los intereses particulares de alguna de las grandes potencias. Suele ser una ilusión o un engaño la idea de una política exterior “sin ideología”, pues de una u otra forma cualquier cosa que se haga en ese ámbito estará siempre sostenida en algún conjunto de valores e ideas sobre el mundo que nos rodea. No resulta sencillo lograr un equilibrio entre estos valores, intereses y poderes; pero si no se logra, los costos para la nación pueden ser bastante elevados. Esto es aún más crítico en tiempos como los actuales, en los que se están produciendo cambios radicales en las variables antes señaladas.
La crisis política global, con sus variaciones latinoamericanas, está configurando un escenario inédito e incluso peligroso. El debilitamiento del multilateralismo, el auge de los nacionalismos soberanistas, el eclipse de las fuerzas centristas (tanto de izquierda como de derecha), y la expansión de políticas en las que prevalece la defensa de intereses particulares y la fuerza son ya datos ineludibles del contexto.
Peor aún, los intereses de ciertos sectores de poder se camuflan cada vez más bajo banderas como la defensa de los derechos humanos o de la democracia; utilizadas selectivamente ora para presionar a sus adversarios ora para desligarse de éstos cuando les conviene. El debilitamiento de organismos multilaterales como la ONU o la OEA tampoco ayuda a moderar tales estrategias. No es, pues, una época para ingenuidades o voluntarismos simplistas.
Durante mucho tiempo, la política externa boliviana apostó por un delicado equilibrio entre el apego al multilateralismo y las alianzas con países con gobiernos progresistas, que coincidieron con intereses esenciales de la economía y de nuestro posicionamiento geopolítico. Pero hoy ya no parece posible sostener tal visión, al menos en su versión rutinaria, pues el escenario ya no lo permite. Urge repensar el papel de Bolivia en este inquietante mundo, con el fin de diseñar una renovada e inteligente acción exterior. Ya no se puede seguir haciendo lo mismo.






