jueves 11, junio 2026
ANÚNCIATE
SUSCRÍBETE
HEMEROTECA
No Result
Ver todos los resultados
La Razón
Logo Escape Logo Marcas Logo Animal Político Logo Energías y Negocios
  • Portada
  • Opinión
  • Secciones
    • Economía y Empresa
    • Nacional
    • Mundo
    • Ciudades
    • Sociedad
    • Espacio Empresarial
    • La Revista
  • Nuestros Productos
    • Marcas
    • Energías y Negocios
    • Escape
    • Animal Político
    • Extra
  • La Razón PLUS
  • Contacto
La Razón
  • Portada
  • Opinión
  • Secciones
    • Economía y Empresa
    • Nacional
    • Mundo
    • Ciudades
    • Sociedad
    • Espacio Empresarial
    • La Revista
  • Nuestros Productos
    • Marcas
    • Energías y Negocios
    • Escape
    • Animal Político
    • Extra
  • La Razón PLUS
  • Contacto
No Result
Ver todos los resultados
La Razón
No Result
Ver todos los resultados

Gutenberg ‘versus’ Zuckerberg

El progreso técnico logrado por la humanidad es maravilloso. Pero no nos hace mejores sin más.

Compartir en FacebookCompartir en TwitterCompartir en WhatsappCompartir en
Por Emilio Trigueros
/ enero 25, 2019
en Voces

¿En qué momento exacto pasamos a llamar a la cultura “contenidos”? ¿Quién lo impulsó y por qué lo hemos dado por bueno? ¿Qué sentido tiene llamar “nuevas tecnologías” a lo que hubiera sido más preciso llamar “nuevas pantallas”? Las primeras sospechosas ante estos cuestionamientos suelen ser las multinacionales de internet, a las que culpamos de hacernos adictos a sus aparatos y redes. Pero una teoría más de la conspiración sobre grandes empresas no aporta muchas salidas.

Quizás sea más objetivo constatar que cada avance técnico en las telecomunicaciones ha requerido, para alcanzar el volumen de fabricación que lo hiciera rentable, un gran cambio de costumbres. En otras palabras, hace falta el surgimiento de contenidos que conlleven un uso cada vez mayor y más continuo del aparato, y garantizasen así la demanda para las superinversiones en complejos industriales, bienes de equipo y redes físicas de comunicación. Un ejemplo es la compra por corporaciones japonesas de estudios de cine de California en los años ochenta, inversión que no estaba solo orientada a la rentabilidad de hacer películas en sí: se trataba de promover películas que explotaran las posibilidades de la tecnología japonesa de imagen y sonido y que, con el tiempo, se adaptaran a los futuros inventos digitales y los nuevos mercados.

En resumen: si los fabricantes de cacharros electrónicos quieren vender muchas unidades, necesitan que alguien invente continuamente más cosas que hacer con esos aparatos. Y en el caso que nos ocupa, aumentar brutalmente el caudal de “contenidos” ha sido imprescindible para aumentar las horas de uso de las “nuevas pantallas”. Las consecuencias de este fenómeno son conocidas: la confusión entre información y entretenimiento; la inflación de una oferta de escasa innovación creativa, pero técnicamente solvente; la autogeneración de contenidos por los usuarios.

Así como la imprenta de Gutenberg no habría servido de nada sin personas vinculadas con el arte, la ciencia o la religión que se pusieran a escribir libros (y sin un universo de lectores que a través de ellos querían asomarse a un mundo nuevo), las redes sociales y las aplicaciones del móvil han triunfado porque a diario miles de millones de personas nos asomamos al mundo a través de ellas.

El pan y circo del Imperio romano fue un lema tan redondo que invita a usarlo de plantilla para caracterizar épocas enteras: la Edad Media habría sido la edad de pan y Dios; alguna posterior, la de pan y rey. Después llegarían el siglo XIX con su pan y nación; y el siglo XX, que fue por momentos pan e ideología. Con una irónica puesta al día, en el siglo XXI podríamos hablar de cobrar lo mínimo para ir tirando y tecnología. Sería absurdo negar que nuestra libertad para elegir según nuestras afinidades ha avanzado (a uno le pueden gustar a la vez el circo, Dios, el rey y la tecnología), pero la pregunta es si esa libertad personal está quedando limitada por el poder de una tecnocracia empresarial regida por parámetros exclusivamente dinerarios y del propio interés.

La respuesta que flota en el ambiente es “sí”. Limita nuestra libertad la crisis de los modelos del periodismo, tan esencial para nuestro ser ciudadanos de una democracia, o las dificultades casi terminales en muchos campos de creación; como también la falta de ética inherente a determinadas culturas empresariales de objetivos trucados y altas remuneraciones, que ha desembocado en notorios escándalos. Mientras, se extiende una amplia preocupación por que la explotación amoral de recursos deje a nuestros hijos la herencia de un planeta explotado sin ley ni normas en nombre de la producción barata y símbolos de estatus.

El progreso técnico logrado por la humanidad es maravilloso. Pero no nos hace mejores sin más. El visionario Nietzsche escribió que “el instinto de ser rebaño es anterior, en la evolución, a la llamada a ser persona”. Gutenberg y Zuckerberg pueden formar parte de la misma aventura del progreso, siempre que logremos poner en el centro de nuestra discusión pública, sea digital, móvil, en la nube, en una tertulia, donde ocurra, lo que nos hace ser personas: comprender nuestro mundo, cultivar los dones humanos, discernir el bien. Es decir: la ecología, la cultura, la ética.

Debería ser posible acordar un programa de entendimiento, más allá de brechas ideológicas, sociales o generacionales, para salir del bucle donde descubrimientos científicos acaban en pesadillas tecnocráticas en las que nos convertimos en números de usuarios, cifras de empleados y porcentajes de votantes. Para terminar, un ruego, ultra-ocupado lector: ¡Comparta este artículo en las redes sociales si le ha gustado! Y si lo ha leído en papel… le envidio.

* Químico industrial y especialista en mercados energéticos.

en tendencia: GutenbergProgresoZuckerberg

Noticias Relacionadas

Preservemos la integración andina en tiempos de tensión
Gonzalo Gutiérrez Reinel

Preservemos la integración andina en tiempos de tensión

Del látigo al decreto: La sombra de ‘Candyland’ sobre Bolivia
Juan Pablo Muñoz Arce

Del látigo al decreto: La sombra de ‘Candyland’ sobre Bolivia

La tijera de Galindo también corto la ética del periodismo
Roberto Méndez

La tijera de Galindo también corto la ética del periodismo

10 años de aporte al Cambio Climático
Christiam Max Cordero Rocha

Cinco retos de la planificación nacional

Verchenko Dmitry Yurievich
Verchenko Dmitry Yurievich

19 de abril: Memoria, verdad y responsabilidad histórica

Transición fiscal responsable en los gobiernos subnacionales
Romer Bello Bernal

Transición fiscal responsable en los gobiernos subnacionales

Noticias más vistas

Plugin Install : El widget de publicación popular necesita JNews - View Counter para instalarse

La Razón, medio de comunicación digital líder en noticias de Bolivia y el mundo, conecta a su audiencia a través de todas las plataformas digitales. Con una sólida presencia en redes sociales, programas de streaming innovadores, y el revolucionario e-paper, nuestro periódico digital inteligente, ofrecemos información confiable, ágil y al alcance de todos.

Síguenos en redes sociales:

Facebook
Twitter
Youtube
Instagram
TikTok
LinkedIn
Twitch
Threads
Whatsapp

Dirección: Colinas de Santa Rita s/n,
Alto Auquisamaña (Galpón de La Razón)
La Paz - Bolivia

Correo electrónico:
[email protected]

WhatsApp:
+591 71560184

© 2021-2025 COMUNICACIONES EL PAÍS S.A (Desarrollo web Arcadia SRL)

No Result
Ver todos los resultados
  • Opinión
  • Secciones
    • Economía y Empresa
    • Nacional
    • Mundo
    • Ciudades
    • Sociedad
    • Espacio Empresarial
    • La Revista
  • Suplementos
    • MARCAS
    • Energías y Negocios
    • Escape
    • Animal Político
    • Extra
  • La Razón PLUS
  • Contacto