Manada en España, en Argentina, manada en Bolivia, en Ecuador… Si hasta parece una epidemia. En diferentes lugares, manadas de hombres han estado violando a mujeres. Y luego se esconden, lo niegan. E inventan excusas y justificativos. Alegan inocencia. Peor todavía: en manada ampliada, buscan hacer creer que, al fin de cuentas, la culpable es la víctima. Por ser mujer.
Las manadas saben bien lo que hacen. Pero cuando la violación se denuncia, se hace pública, se lleva a la justicia, exhiben candidez y olvido. Despliegan cinismo: estaba borracha, es su culpa; “no hubo violación, fue solo anal” (sic); andaba sola, se lo buscó; vestía minifalda, nos provocó; todos estuvimos drogados; “ella los corrompió”. ¿Por qué salió de su casa?
Los hombrecitos de las manadas son valientes en cuadrilla. Y no se arrepienten. Lo niegan todo. Tienen defensores. Ahí están sus abogados, y algunas mamás, declarando purezas. Cuentan a su favor con una sociedad y un sistema judicial machistas. Hay que culpar a la víctima, revictimizarla en los medios, lapidarla en las redes sociales. Las manadas no están solas.
Desde hace siete semanas, la violación a una muchacha en un motel confronta al país con su propia manada. El caso debe resolverse en un juicio. Pero está entrampado. La defensa de los acusados, guion en mano, apunta a la víctima. Desde su encierro, presa de rabia y miedo, ella clama: “¿puede tanto la maldad?, ¿cuándo va a acabar esto?, ¿por qué no dicen toda la verdad?”. No estás sola. #TeCreemos. Que se haga justicia.






