La muchacha más hermosa del barrio tenía una tez de rosa, labios carnosos y pequeños. Era crespa y se peinaba como las actrices de los años veinte, una especie de Shirley Temple de Chukiyawu Marka. Cuando aparecía por la plaza, todos los llokallas nos dábamos media vuelta para verla pasar. Su madre, una mujer maciza y sumamente blanca, nos miraba con desprecio y arrastraba a la muñeca al colegio, frunciendo el ceño y apartándola de nuestra mirada.
Entre los muchachos del frente había uno que se destacaba nítidamente de los demás: era alto, barbón, de ojos verdes y facciones regulares. Su autoestima era tan grande que siempre nos remachaba: “Yo soy el más bello del barrio, llokallas negrillos”. No admitía competencia alguna y estaba seguro de que la doncella de labios de corazoncito sería su novia. Tenía una hermana flaca que circulaba por las calles del barrio como una alpaca altanera.
El padre de ambos era un exmilitar de apellido italiano que había caído en desgracia después de la revolución del 9 de abril de 1952, y le gustaba contar sobre sus viejas glorias de macho destinado al oriente boliviano. “¡Yo tenía mujeres como caña del monte!”, espetaba. Sus ocasionales confidentes, unos viejos jubilados, festejaban sus historias a carcajadas y zapateaban contentos con las ocurrencias del militar, quien juraba volver a mandar y fusilar a todos los malditos comunistas que le habían obligado a dejar a su amada institución castrense.
El bello y la alpaca transcurrían sus vidas sin mayores carencias, mientras los negritos debían trabajar y estudiar a la vez si querían sobrevivir en el barrio que fue cambiando de piel. Mientras más pobres eran, más debían subir a vivir a las laderas; y si podían, alquilaban una pieza en el barrio para quedarse y poder ver pasar a la Shirley Temple y soñar.
Los barrios altos de La Paz crecieron exponencialmente después de la revolución del 52. Las migraciones del área rural condimentaron a la ciudad con sus expresiones simbólicas, que son ahora consideradas patrimonio cultural. Y estas prácticas rituales fueron seduciendo a las clases medias blancoides que fueron copando el barrio.
Una tarde apareció por la esquina de la plaza el Nevada Smith, un muchacho dispuesto a competir con el hombre más bello del barrio. Una tensión eléctrica ocuparon las calles adyacentes a la plaza. Además, el recién llegado era futbolista de las ligas juveniles del Always Ready, y su popularidad era apabullante porque fue reclutado para el equipo de fútbol de los llokallas negrillos.
El hombre más bello entró en competencia y decidió ingresar al Club América de fisicoculturismo, germen del movimiento LGTB en los años setenta del siglo pasado. Este grupo estaba dividido en maricas y gais. Los primeros eran los homosexuales peinadores de origen indígena que trabajaban en el edificio Santa Anita de la plaza de Churubamba; los otros subían de la zona Sur a reclutar muchachos.
El hombre más bello del barrio empezó a duplicar su volumen en el gimnasio. Sus espaldas y bíceps eran su orgullo, pero el trabajo muscular de sus muslos y piernas eran precarios, y su apariencia de globo era cada vez más evidente; pero eso no le impidió proclamar que era: “¡El hombre más bello del mundo!”.
Terminó casándose con la Shirley y de esa unión salió un niño bello. Nevada Smith se dedicó a distribuir sus espermatozoides por el barrio, a jalar cocaína e inventar bebidas exóticas como el Sajama Smith: singani, limón, raspadura de jengibre y cocaína alrededor de la copa.
Han pasado más de tres décadas. Hoy, el hombre más bello del mundo cuida automotores de los potentados de una iglesia cristiana. Oculto tras una cachucha, desdentado, masca coca como rumiante y se volvió jorobado. La Shirley desapareció hace años y su bello hijo es marica y vive angustiado porque su padre no lo acepta.
El Nevada Smith se queja cada día de que no hizo nada en su vida, y sus mujeres lo hacen corretear por pensiones devengadas imposibles que pague. Ambos siguen languideciendo en el barrio.
La plaza ahora está poblada de imillas hermosas y llokallas altos y risueños que bajaron de las laderas a conquistar estos espacios que son abandonados por los que otrora dominaban.
* Artista y antropólogo.






