Transcurridas más de dos semanas del persistente conflicto derivado de las malogradas elecciones del 20 de octubre, se siguen imponiendo los radicalismos y las intolerancias de unos y otros, con el silencio cómplice o cautela de algunos más preocupados en cuidar futuros votos que en el país. En tan peligroso escenario de enfrentamiento, es fundamental que los actores relevantes hagan política.
A estas alturas del conflicto postelectoral, cuando el enfrentamiento entre ciudadanos ensimismados aumenta de intensidad y se expresa en acciones violentas (no hay ocupaciones “pacíficas”), urgen voces mesuradas y sensatas que contribuyan a pacificar el país y construir salidas pactadas a la crisis. Ello implica abandonar tarimas y trincheras y tender puentes, ceder, buscar puntos de encuentro, negociar, tejer soluciones democráticas, en fin, hacer política. No parece rentable, pero es imperioso.
Desde el Gobierno, su energía está concentrada en la auditoría en curso al proceso electoral por parte de la OEA, con acompañamiento de la comunidad internacional. Una auditoría que la oposición no acepta. El oficialismo parece apostar también por el desgaste de la oposición movilizada, a la cual no reconoce como interlocutora, mientras moviliza a sectores leales al MAS con un discurso de confrontación. Y se empeña, lo cual es meritorio dado el contexto, en evitar acciones represivas de la Policía.
Los actores de la oposición política que emergieron con representación en los comicios parecen replegados en el cálculo estratégico, sin riesgos, a la espera de que los acontecimientos “pasen” con el menor costo posible para ellos y el debilitamiento del Gobierno. No hacen política: cuidan intereses. En esa lógica han sido rebasados por los actores radicalizados y van a la cola de ellos. Así, con su mutismo o sus mensajes reactivos, no están contribuyendo a buscar soluciones posibles al conflicto.
En los extremos, algunas dirigencias cívicas e institucionales, a la par de algunas dirigencias de sectores y movimientos sociales, están imponiendo con acciones violentas una agenda de suma-cero en la que nadie gana, sobre todo porque su apuesta por negar o eliminar al contrario es antidemocrática. En un escenario de tensión e incertidumbre, donde unos y otros portan sus verdades absolutas, las declaraciones grandilocuentes, las provocaciones y los maximalismos solo conducen a salidas por el desastre.
¿Quiénes están pensando en propuestas razonables para una solución pacífica y democrática al conflicto? ¿Quiénes se atreven a romper el espejo para asumir que del otro lado también hay compatriotas con demandas, preocupaciones, miedos, certezas, más allá de los pocos violentos que no saben de convivencia? ¿Cómo se construye una hoja de ruta sin caer en el veto de quienes hoy hablan desde el desvarío? Es fundamental tejer salidas viables para aislar todos los fanatismos. Es necesario hacer política.






