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La gran impostura

Evo, fatuo mayúsculo, cayó prisionero de fariseos que fabricaban elefantes blancos para medrar del Estado.

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Por Carlos Antonio Carrasco
/ noviembre 30, 2019
en Voces

Fui testigo y actor de varias caídas abruptas: la de Víctor Paz Estenssoro (1964); la de Walter Guevara Arze y Alberto Natusch Busch (1979); y la de Alfredo Ovando Candia (1970), cuando, como su ministro de Informaciones, me correspondió leer a la nación su carta de renuncia. Y cómo olvidar el golpe contra Lydia Gueiler, ese fatídico 18 de julio de 1980. Ocasión en que, siendo ministro de Educación, quedé atrapado en el Palacio Quemado, hasta el momento en el que paramilitares se la llevaron, pistola en mano, obligándola a dimitir.

Pero, por analogía, ninguna defenestración tuvo tan poca gallardía como el confuso episodio que acaba de protagonizar Evo Morales. Quien, luego de casi 14 años de lujurioso goce del poder, balbuceó como testamento manidas frases de su letanía radical, antes de ocultarse en su bastión chapareño. Su escolta traductor-alfabetizador de sus ocurrencias, Álvaro García Linera, mojó, en mejor castellano, los micrófonos con una orgía de incongruencias, enumerando listas de realizaciones gubernamentales (reales o imaginarias), tratando de justificar los miles de millones de dólares dilapidados durante esa ilimitada ejecutoria.

Todo comenzó aquel 22 de enero de 2006 cuando el electorado, ingenuamente esperanzado, depositó su fe en aquel indiecito que soberbiamente desafió al sistema y lo venció, reivindicando la dignidad para su raza. Fue jornada que, en Tiwanaku, reflejó la entronización del inca resucitado. Ese histórico tránsito, de la sociedad republicana al Estado Plurinacional, inspiró mi libro De la Revolución a la descolonización (2006), en cuya cubierta aparecen retratos de los fautores de las tres etapas del itinerario: Simón Patiño, por el Estado minero-feudal; Víctor Paz, por la Revolución nacional; y —premonitoriamente— Evo Morales, el descolonizador. Familiar con los procesos de transición colonial en África y en Asia, pensé que el experimento sería significante. Sin embargo, pronto caí en cuenta que todo aquel andamiaje ideológico no pasaba de ser una simulación para ocultar apetitos bastardos de enriquecimiento ilícito, sin escrúpulo alguno para suscribir contratos millonarios sin licitación. Y hasta contactos con el crimen organizado, incluyendo el narcotráfico, cuyo proveedor de materia prima es la costra cocalera que fue privilegiada por Evo, su supremo protector.

La feliz circunstancia en los precios de los commodities en el mercado mundial obsequió a Morales el ingreso de cuantiosos ingresos. Y sin control alguno, fue presa fácil para la instauración de redes de corrupción galopante. Rodeado de supuestos expertos en economía y en derecho, Evo, poco instruido y fatuo mayúsculo, cayó prisionero de esos fariseos que fabricaban elefantes blancos para medrar del Estado.

Irónicamente, los nacionalizadores sacaban comisiones más jugosas que los capitalizadores. El dinero de libre disponibilidad posibilitó al régimen cooptar todos los órganos estatales y corromper a sus funcionarios, empujándolos a prevaricar en sus decisiones. La frustrada cuarta reelección de Evo no fue un mero capricho, sino, el temor de que una alternancia en el Gobierno descubriera negociados hasta ahora tapados sigilosamente.

Había que hacer todo lo posible para asegurar la victoria electoral del 20 de octubre, por vías legales e ilegales. Y así se preparó y llevó a cabo el gigantesco fraude en el que sus más fanáticos aduladores quisieron complacer al jefe, regalándole el día de su cumpleaños una victoria que no era tal. Desgraciadamente para el cocalero, hombres probos con traje de técnicos altamente calificados en informática y ramas anexas descubrieron la funesta conspiración; y la OEA, hasta entonces obsequiosa con Morales, tuvo que revelar el robo. La ira popular en las calles, imparable por tres semanas, animada por héroes anónimos, asustaron al caudillo, que huyó por el mismo aeropuerto sin aviones, pero con su foto gigante. La egolatría terminó y la noche quedó atrás.

* Doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia

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