Veamos si con metáforas hirientes nos entendemos. Imagínense a un enano que tiene las venas y las arterias muy, pero muy, delgadas. A ese cuerpo disminuido súmenle otra complicación: es irresponsable e inculto. A ello agréguenle una vida de excesos: el enano come grasas y bebe sin pausa. Por todo ello, este ser apenas camina de tan gordo y abotagado, y es tan lento y pesado que su vida es un martirio. Por sus venas corre sangre de muy mala calidad, llena de grasas saturadas y colesterol, que no alcanza para alimentar a sus órganos vitales. No fluye sangre vivificante, sino más bien, una masa viscosa que está a punto de paralizar todo su cuerpo.
En su desesperación, el enano se endeuda irresponsablemente y recurre a cirugías costosas para injertarse “bypasses”, o tubos artificiales en algunos sectores que no hacen más que paliar el flujo en pequeñas zonas. Toda la maraña de venas y arterias están colapsadas. El pequeño irresponsable no entiende su estado, y sigue saturando de grasas esa red de conductos como si no tuviera un límite. El enano, que tampoco razona adecuadamente, no sabe que su futuro es inviable por múltiples factores, sobre todo, por su incapacidad innata.
Bueno, pues el enano somos todos nosotros. Esta ciudad, con un poco más de 800.000 habitantes, no es una gran urbe; comparativamente hablando es una pequeña ciudad a escala de un enano. Nuestras calles y avenidas son esas venas y arterias que, metafóricamente, aludí en los párrafos anteriores. Es un martirio transitar vehicularmente por esta ciudad. Tenemos una velocidad promedio de 10 kilómetros por hora. Es decir, apenas nos movemos. Estamos en una histeria colectiva de tal magnitud que los negocios que más proliferan son las licorerías y las farmacias. Ahí llegan todos los conductores que buscan una panacea al estrés cotidiano.
Valoro los esfuerzos que hacen las autoridades para superar este problema urbano, pero el enano es cada vez más lento. Como todo habitante desesperado, contribuyo con tres ideas de inmediata ejecución. Primera, fortalecer la educación ciudadana. Con ello, aunque tome décadas, el enano podrá caminar más ágilmente. Segunda, establecer el horario continuo en el trabajo y los colegios de forma escalonada, para distribuir los flujos vehiculares en toda la jornada diaria. Tercera, la restricción de placas debería funcionar en toda la mancha urbana. Así se reduciría la cantidad de automóviles y se forzaría al ciudadano a caminar, a ir en bicicleta o a tomar vehículos del transporte público, aunque sean las grasas más dañinas que tiene el enano en su organismo.
* Es arquitecto.






