Una avalancha de demandas del sector cultural —a saber: el pedido de renuncia de la hoy exministra Martha Yujra; la exigencia del pago adeudado de los Premios nacionales, de dineros del Programa Intervenciones Urbanas y de compromisos del Estado con instancias internacionales como los programas Ibermedia e Iberescena; el reclamo por el abandono a los gremios artísticos durante la cuarentena por la pandemia del COVID-19; la incredulidad del sector sobre un supuesto asalto a los víveres que se debía entregar a los artistas en Potosí y que derivó en “canastas familiares” con un par de bebidas de auspiciadores y hasta productos vencidos; la propuesta de volver a crear un registro para un sector que ya está carnetizado; la campaña “Los fuera de la ley”, que busca el reconocimiento para artistas extranjeros con permanencia definitiva en Bolivia, parte vital del tejido cultural del país; entre otros— ha derivado, no en la lógica atención de las demandas, sino en la eliminación del Ministerio de Culturas, cartera que es producto de años de lucha por parte del sector.
¿Por qué tanto miedo a las culturas, a los artistas? ¿Por qué tratar de invisibilizarlos?
Las señales son claras: No se considera que este sector sea productivo. De nada sirve todo el movimiento económico que generan cines, teatros, locales nocturnos, galerías, desfiles de moda, centros de confección, librerías, editoriales, instituciones de formación artística, museos, entradas folklóricas y un largo etcétera.
Desde la música y los rituales que se utilizan en tu bautizo hasta los boleros de caballería que acompañarán tu muerte, la creación artística está en cada paso de tu vida. La cultura no es un hobby o un pasatiempo, es una forma de vida, con sus particularidades y sus aportes específicos a la sociedad, con énfasis en la formación de identidad. ¿No son acaso los artistas los que han sostenido el espíritu de la población en la cuarentena? Pero no, ahora resulta que no solo no es un sector productivo; además significa un “gasto innecesario”.
El arte implica generación de pensamiento, por eso da tanto miedo. Porque, a diferencia de la educación o la publicidad, no es vertical: no consiste en que alguien implemente un mensaje o saber al otro. El arte va más allá, pues el conocimiento que se obtiene a través de él es más importante: lo genera uno mismo a través de la reflexión. El artista crea detonantes de reflexión —emocional, estética, política, ideológica…— para que cada individuo cree un saber propio, personal, que está abierto al diálogo en comunidad. Y es que, ¿cómo dudar de un saber que uno mismo ha construido?
Invisibilizar a los creadores no es la respuesta. El sector está harto de este ninguneo y a pesar de las presiones, hará escuchar su voz.
Miguel Vargas es periodista y artista






