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La pesadilla en la avenida Pensilvania

La pesadilla de todo trabajador es tener un jefe nefasto —todos conocemos al menos uno— que es en extremo incompetente y, sin embargo, se niega a hacerse a un lado. Esos jefes tienen el toque de Midas a la inversa —todo lo que tocan se vuelve porquería—, pero ellos harán todo lo posible, violarán todas […]

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Por Paul Krugman
La Paz / agosto 3, 2020
en Voces

La pesadilla de todo trabajador es tener un jefe nefasto —todos conocemos al menos uno— que es en extremo incompetente y, sin embargo, se niega a hacerse a un lado. Esos jefes tienen el toque de Midas a la inversa —todo lo que tocan se vuelve porquería—, pero ellos harán todo lo posible, violarán todas las normas, para quedarse con el puesto más alto. Y dañan, a veces destruyen, las instituciones que se supone lideran.

Por supuesto, Donald Trump es uno de esos jefes. Por desgracia, no es solo un director empresarial malo; es, Dios nos ayude, el presidente. Y la institución que podría destruir son los Estados Unidos de América. ¿Acaso algún otro presidente ha fallado su prueba máxima de manera tan contundente como Trump lo ha hecho en los últimos meses? Rechazó los consejos de los expertos de salud y presionó para que hubiera una reapertura económica rápida, con la esperanza de lograr un auge antes de las elecciones. Ridiculizó y subestimó medidas que habrían ayudado a frenar la propagación del coronavirus, incluyendo usar cubrebocas y practicar el distanciamiento social, convirtiendo el sentido común en un frente de batalla en la guerra cultural. El resultado ha sido un desastre tanto epidemiológico como económico.

Durante la semana pasada, el número de muertos en Estados Unidos por el COVID-19 promedió más de 1.000 personas diarias, en comparación con solo cuatro (¡cuatro!) al día en Alemania. La declaración de mediados de junio del vicepresidente Mike Pence de que: “No hay una ‘segunda ola’ de coronavirus”, incluso en aquel momento, se sintió como si quisiera darse ánimos para ocultar su temor, ahora se siente como una broma de mal gusto.

Y todas esas muertes adicionales no parecen habernos redituado en lo económico. La contracción económica de Estados Unidos en la primera mitad de 2020 fue casi idéntica a la contracción en Alemania, a pesar de que nuestra tasa de mortalidad es mucho mayor. Y mientras la vida en Alemania ha regresado a la normalidad en muchos sentidos, diversos indicadores sugieren que, tras dos meses de un rápido crecimiento del empleo, la recuperación de Estados Unidos está estancándose ante el resurgimiento de la pandemia.

Espera, la cosa se pone peor. Trump, sus funcionarios y sus aliados en el Senado se creen por completo la idea de que la economía estadounidense experimentará una recuperación sorprendentemente rápida a pesar de la ola de nuevas infecciones y muertes. Se han creído esa idea a tal grado que parecen incapaces de aceptar la evidencia abrumadora de que eso no está sucediendo. Hace apenas unos días Larry Kudlow, el principal economista de Trump, insistió en que la llamada recuperación en forma de “V” todavía estaba en curso y que “las solicitudes de prestaciones por desempleo nuevas y continuas seguían disminuyendo con rapidez”. De hecho, ambas están en aumento.

Sin embargo, como el equipo de Trump insistió en que se avecinaba una recuperación pujante y se negó a darse cuenta de que no estaba sucediendo, ahora hemos caído en una crisis económica que era totalmente innecesaria.

Gracias a la inacción republicana, millones de personas desempleadas recibieron sus últimos cheques del programa de Compensación de Emergencia por Desempleo debido a la Pandemia, que se suponía que iba a mantenerlos durante un periodo económico devastado por el coronavirus; el virus sigue causando devastación, pero los salvavidas se acabaron.

Así que Trump ha hecho un muy mal trabajo, causando un dolor innecesario a millones de estadounidenses y la muerte a miles. Tal vez a él no le importe, pero a los electores sí. Entonces debería estar tratando de cambiar las cosas, al menos por interés político y personal.

No obstante, la cuestión es que: incluso si Trump fuera el tipo de persona que pudiera aprender de sus errores, es demasiado tarde. Si hace un año nos hubiéramos encontrado en la situación en la que estamos ahora, todavía habría tiempo para que Trump controlara el virus y le diera un vuelco a la economía. Pero la elección está a la vuelta de la esquina.

Supongamos que la cantidad de muertes y empleos mejorara un poco en los siguientes tres meses. ¿Qué tanto mejoraría eso la opinión que tienen los electores del negador en jefe? ¿Qué tanto crédito le daría la gente, incluso a auténticas buenas noticias, después del falso amanecer de la primavera pasada? A estas alturas Trump ha fallado como presidente y todos, a excepción de sus fervientes seguidores, lo saben.

Sin embargo, como dije al principio, Trump es uno de esos jefes de pesadilla que no pueden hacer su trabajo, pero tampoco se hacen a un lado. Así que, claro que ahora está hablando de retrasar la elección. Esto era predecible; de hecho, Joe Biden lo pronosticó hace meses, en medio de las burlas de los críticos (ninguno de los cuales, vaticino yo, se disculpará).

Ahora, Trump no puede hacer eso. Habrá una elección el 3 de noviembre. Pero lo que sí puede hacer, si pierde, es afirmar que le robaron la elección, que hubo millones de votos fraudulentos, que los resultados no son legítimos. Oigan, lo hizo después de perder el voto popular en 2016, aun cuando ganó el Colegio Electoral.

Es casi seguro que esas excentricidades no lo dejarán quedarse en la Casa Blanca, aunque el proceso de sacarlo pueda ser… interesante. No obstante, pueden producir mucho caos y muy posiblemente algo de violencia en la nación. Y cualquiera que no piense que los disgustados seguidores de Trump podrían tratar de sabotear el gobierno de Biden —incluyendo sus esfuerzos para lidiar con la pandemia— no ha estado atento. Esto es lo que ocurre cuando pones a un jefe nefasto a cargo de un país. Y nadie puede decir cuándo se reparará el daño, si es que se logra reparar.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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