Cuenta Saramago que el millonario norteamericano John Davison Rockefeller —cuando tenía 97 años — recibía todas las mañanas un ejemplar único del New York Times, su medio favorito. Tenía el periódico tal consideración con su ilustre lector que armaba un diario totalmente falso, repleto de buenas noticias. Rockefeller era el único hombre en el mundo con una felicidad intransferible, única, como el periódico que le fabricaban en exclusiva para su bien “merecido” ocaso. Los viejos que van/iban a la hemeroteca municipal paceña no necesitan que les criben las malas nuevas. Ellos se conforman con las sobras de aquella felicidad. Los periódicos, secos de la tinta y el tiempo, están ahí para los lectores que no quieren ser engañados.
La hemeroteca del antiguo parque Pando es la tumba y el resguardo de la memoria, un gran silencio de rumores. Los viejos miran el calendario todas las mañanas y el reloj todas las tardes para confirmar si, por casualidad, dicen cuánto tiempo más tendrán que vivir. Ignoran olímpicamente el cartel amarillo que advierte: “Los periódicos del día se pueden consultar por un tiempo máximo de 20 minutos”. Repasan noticia triste tras noticia triste, de hoy y de ayer, porque la tristeza nunca dejará de ser joven. Dicen que hay que leer de todo, lo que se pueda, pues la vida es breve; el mundo, ancho; y el tiempo, ajeno.
Los lectores y las lectoras de la hemeroteca —que lleva el nombre del escritor enciclopedista Agustín Aspiazu, nacido en Irupana— son de otro tiempo, como los diarios que atesoran. Los hombres se detienen en las páginas deportivas para recordar el gol que más gritaron, el abrazo más fuerte; las mujeres se aferran con nostalgia a un pasado hermoso y feliz. Quizás todos tratan de sujetarse a otro lugar en el que las verdades eran de tinta y no de mentira fabricada. Eran tiempos prestados.
Esperan todas las mañanas, que son iguales, su “New York Times” particular. Habitan en un desierto donde creen aún que lo que protege de la mentira también protege de la verdad, lo que resguarda del frío también resguarda del calor. Esta es la tradición secreta de la hemeroteca. Y sienten no poder quedarse para toda la eternidad en este mirador con ventanas a la calle Cañada Strongest porque solo ellos saben que las hojas mágicas que atesoran los periódicos son las mejores para envolver pescado.
Los viejos que van/iban a la hemeroteca municipal sueñan con el derecho al olvido. Su deseo, quizás el último, es visitar cuando ya se hayan ido la vieja oficina donde cuelgan las tapas gigantescas de los antiguos periódicos. Y seguir atentos así a las guerras, a las pesadillas autoritarias de los gobernantes, a las nuevas enfermedades, a las matanzas y a las esquelas de todos los días que ahora son demasiadas. Cuando se cierra la hemeroteca se quedan solo ellos —como fantasmas— junto a un joven de espejuelos que lee en voz alta, casi gritando, para que todos escuchen.
Los viejos van allí para tener otras cosas que hablar, para eso sirven también los periódicos en papel. Querramos o no, siempre volveremos a las palabras escritas, por el sustento de tinta que da seguridad, falsa siempre, de que se puede asir la realidad. Cuanto más se temen las desgracias, menos acontecen. Por eso los viejos no fallan cada jornada a la cita. Necesitan las desgracias y las antiguas enfermedades y las esquelas de todos los días que hoy son demasiadas para que todas ellas en verdad no acontezcan, para que el calendario no señale todavía el día de la partida. Este es el conjuro secreto de la hemeroteca.
Quizás así, los viejos están condenados por su propio interés al pesimismo eterno. Es su camino intransferible hacia la felicidad, una felicidad que no la fabrica un periódico único, “mejor” que los demás. ¿Y si cualquiera de nosotros pudiera elegir solo las noticias que queremos leer? En realidad ya lo hacemos con las malditas redes sociales. La palabra hemeroteca viene del griego ἡμέρα (hemera = día, de corto tiempo) y θηκη (thêke: = armario, caja, bolsa, depósito, colección). Serás, entonces, nuestro armario de corto tiempo para recordarnos toda la vida, querida y extrañada hemeroteca.
Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo






