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Expresiones del racismo: ver y no mirar

Existen expresiones más indudables del racismo en nuestra sociedad, pero ésta
de la invisibilización resulta significativa y violenta.

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Por Fernando Molina
La Paz / octubre 4, 2020
en Voces

El racismo es una creencia según la cual las personas que no viven plenamente instaladas en la cultura socialmente superior y, además, exhiben determinado fenotipo (expresión corporal de una genética) poseen un menor valor social.

Es una creencia falsa e ilegal, pero eso no impide que guíe la práctica de aquellos grupos sociales que por razones históricas tienen el poder social suficiente para imponerse —e imponer su creencia—en la mayoría de las interacciones sociales en las que participan. Estos grupos — en nuestro país, los blancos y los exitosamente blanqueados— heredan esta creencia como un componente de su “saber grupal”, y la conservan y siguen porque les ayuda reproducir su dominio sobre otros grupos, los “indios” y los “cholos”, con los que compiten en distintos campos sociales: la vida cotidiana, el trabajo y la política.

Dicha creencia se traduce en la expectativa de que indios y cholos, cuyo poder social se presume como nulo, se subordinen siempre a las órdenes, decisiones, sugerencias y estímulos de los blancos. Tanto la creencia como la expectativa correspondiente son inconscientes y, cuando no, son inconfesables. No obstante, sabemos que existen porque se manifiestan de múltiples formas objetivas, que vamos a ir describiendo en este espacio, una por una.

La primera de la que hablaremos es la tendencia de los blancos a “ver sin mirar” a los indígenas, es decir, a ignorarla presencia física de éstos, en especial de los más pobres. Esta conducta no es premeditada, sino, una vez más, inconsciente. Se observa por ejemplo cuando el servicio doméstico, que siempre es indígena, deambula entre los patrones y sus invitados y éstos no reparan en él, ni para saludarle ni para interesarse por lo que hace. ¿Por qué? Porque los indígenas, en tanto carecen —o se supone que carecen— de todo poder social (económico, cultural, político o corporal), no pueden dar ninguna orden, imponer ninguna decisión, hacer ninguna sugerencia, proporcionar ningún estímulo. No son actores, sino exclusivamente espectadores del juego del poder social, que asienten sin comprometerse en la acción.

De ahí la diferencia en el tipo de interacción que se da entre los blancos y diferentes grupos de servidores no domésticos (cocineros, mozos, peluqueros  y mecánicos), según éstos sean indígenas o sean blancos (lo que es raro, pero ahora ocurre de vez en cuando). Por decirlo rápido, a los segundos se los mira, mientras que a los primeros solamente se los ve, incluso cuando no se pretende ser descortés con ellos. Existen por supuesto expresiones más indudables del racismo de nuestra sociedad, pero ésta de la invisibilización resulta particularmente significativa y violenta. Significa una suerte de “destierro” de los indígenas de la comunidad. Significa su “reificación” o transformación en objetos de los que se tiene una experiencia (son empíricos), pero con los que, como es lógico, no se dialoga. Cosas sin alma, cuerpos vacíos de energía libidinal.

Podemos encontrar un ejemplo reciente en un video que retrata a un candidato que es abordado por un niño que le pide una limosna, y que responde algo así como “nada”, pero que al mismo tiempo sigue de largo sin hacer ninguno de los gestos faciales o corporales que constituyen las reacciones normales de una persona que se encuentra con otra (en particular la de mirarla).

En este video, ese niño se desvanece: se vuelve invisible. Puede discutirse si sufre esta radical marginación por su condición de indígena, de pobre o porque es un incordio para el candidato (ya que éste, igual que todos, tiene derecho a la privacidad). No podemos saberlo a ciencia cierta. Sin embargo, es evidente que muchos indígenas, incluso indígenas con cierta posición económica, tienen que vivir momentos como éste en los que son “borrados”. Momentos de alienación radical, de total falta de reconocimiento.

Este mismo efecto se produjo en dimensiones macrosociales después de los hechos sangrientos de noviembre pasado en Sacaba y Senkata. Por mi profesión estuve en este segundo sitio y pude entrevistar a vecinos indígenas tremendamente indignados porque, pese a la gravedad de lo que les había pasado, la prensa nacional no cubría su tragedia. Se sentían como personajes de Cien años de soledad: víctimas de la “peste del olvido”.

La incapacidad de la élite blanca del país (políticos, periodistas, intelectuales, empresarios) de mirar a los indígenas, de establecer una relación real con ellos, es el inicio de muchos de los males nacionales. Pocas veces se quiere admitir en que esta incapacidad tiene una base y solo una: el racismo.

en tendencia: RacismoSacabaSenkata

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