Unos días después de que algunos de sus compañeros lo habían censurado, Alejandro Salazar estaba destrozado, con el grave miedo de que a los suyos les pase lo peor. No creía que quienes debieran, al contrario, defenderlo ante eventuales circunstancias no fueran los periodistas del mismo diario, que, por su experiencia y conocimiento de los códigos deontológicos —se entiende— saben cómo se actúa ante riesgos posibles para la libertad de expresión.
Un tanque militar apuntando su cañón al pueblo fue el motivo. Era la caricatura alusiva a la ruptura institucional y el temor que entonces sufría el país tras la renuncia de Evo Morales y la autoproclamación de Jeanine Áñez, un motín policial, unas insubordinadas Fuerzas Armadas que habían pedido la renuncia del mandatario… con militares en las calles y después, como se sabe, las masacres de Sacaba y Senkata.
Esa mañana, muy temprano, un colega editor —que luego se justificó con un post en Facebook con el título de Yo, el censurador— hizo lo imposible por “bajar” la caricatura. Habló en el grupo de WhatsApp de “su preocupación” y contó que afuera, en las redes sociales, estaban haciéndole añicos al periódico. Sugirió a uno y a otro jefe retirar de las redes esa opinión gráfica de Al-Azar, como firma el tres veces Premio Nacional de Periodismo. No logró su objetivo, pero sí movilizar a otros compañeros.
Otro colega le hizo saber que lo que sugería no estaba bien, aunque aclaró que Salazar no era santo de su devoción, mucho más porque en los últimos días había descontextualizado los hechos. Algo así.
La petición resultó en un manifiesto sindical que no todos firmaron, pero que fue publicado para comidilla de las redes sociales, los detractores del diario y la competencia desleal.
Resultó el extremo ser un ejemplo de qué es lo que un periodista no debe hacer. ¿Se imaginan a Carlos Soria Galvarro, Coco Manto y muchos que sufrieron persecución y torturas durante las dictaduras de los 70 y 80 pedir a sus jefes o debatir con sus compañeros la posibilidad de censurar su trabajo?
Al-Azar quedó proscrito por casi un año por pensar diferente que sus compañeros, con su familia amenazada en redes sociales de linchamiento, con el acoso de políticos detractores y servido a la mesa para la acusación como muchos en los últimos meses. No había sufrido antes una experiencia así.
Estaba dolido e indignado. Protestó en silencio, publicó su espacio en blanco en La Razón, con solo su firma. No eran los de afuera quienes lograron su muerte civil.
Conocedor de la historia y las miserias de la política, Al-Azar es consciente de lo que puede un político hacer en su contra, pero nunca un periodista. Una vez nos contó que solo Marita Siles criticó su caricatura. Para los políticos, “no importa que les critiques, son como una tortuga, no tienen piel, sino caparazón”, decía.
“Los dibujos son mi opinión. Como artista, soy totalmente sesgado y no soy imparcial. De eso se trata cuando uno opina”, nos dijo también. Así es, directo y honesto.
Pero qué bien pegó su caricatura de un TIPNIS partido en dos por una carretera y con los animales también partidos. O el mismo TIPNIS cuyo territorio era en forma de hoja de coca. Fueron un símbolo de lucha contra el gobierno de Evo Morales.
Quienes lo conocen, saben que un día puede incomodar a Morales, Carlos Mesa, Jorge Quiroga o Gonzalo Sánchez de Lozada. Por más de izquierdas, no tiene preferencia ni compasión con ninguno.
Al-Azar había dicho que volvería a dibujar, no necesariamente en La Razón, cuando haya un gobierno electo. Y así fue, el domingo volvió a las páginas del diario. ¡Cuánto lo estábamos extrañando!
Lo habían linchado como a La Razón, con mentiras, con falsos argumentos y con una saña innombrable.
Ahora es parte de la resiliencia que experimenta este periódico, que fue blanco de ataques internos, externos (periodistas y medios) y políticos. Que se vaya sabiendo, dijo una vez sobre La Razón un periodista detractor. Y lo único que se sabe es que este diario responde al pensamiento particular de sus periodistas, a la transparencia de sus capitales y a su independencia económica.
Que se vaya sabiendo. No eran casuales los ataques especialmente desde afuera. Ya lo verán en adelante.
Rubén Atahuichi es periodista.






