En la selva se los ve andando cargados de flechas para cazar o cañas para pescar. Ellos son los dueños de esos bosques húmedos. Los yuracarés son un grupo étnico nómada, muchos de ellos residen en el Territorio Comunitario de Origen Yuracaré, a 150 kilómetros de la ciudad de Cochabamba. O sea, muy cerca de la “civilización” occidental. Ellos salieron ilesos de los intentos evangelizadores de los franciscanos que se remontan a la colonia y, luego, de los procesos “colonizadores” emprendidos por el Estado boliviano en el decurso republicano. Estas son las conclusiones emergentes de la última publicación del historiador Gustavo Rodríguez Ostria, recién fallecido el mes pasado.
En esos bosques primigenios inaccesibles para los “colonizadores” y los “evangelizadores” también fue para la historiográfica boliviana, aunque existen pocos esfuerzos investigativos, particularmente desde la antropología y la sociología, para desentrañar las condiciones sociales, culturales, políticas y económicas de los yuracarés, empero, existe un silencio historiográfico sobre ellos que quizás responde a esa mirada colonial de la historiografía que recurrentemente invisibilizó a los “otros”, especialmente a los indígenas. De allí, la importancia de este estudio titulado: Yuracarés. De la evangelización a la colonización y cuyo periodo abarca desde 1765 con la presencia de las misiones franciscanas en su cruzada misionera hasta 1971, con la llegada de los primeros colonizadores cocaleros a la zona.
En este estudio, Rodríguez da cuenta, por una parte, los esfuerzos desplegados por los evangelizadores católicos, autoridades republicanas, hacendados criollos para disciplinar a los que ellos denominaban como “bárbaros” para convertirlos en poblaciones “civilizadas”. Y, por otra parte, la resistencia de los yuracarés a someterse a esos procesos de avasallamiento cultural. Otorgando la razón a Michel Foucault: “Donde hay imposición hay resistencia”. Pero, esta forma de resistencia de los yuracarés no es la resistencia violenta, “es un juego —como dice Rodríguez— entre la inteligencia de saber ir a la comunidad de los curas, por ejemplo, y en qué momento salir o huir”. Esa estrategia de resistir era negociada: resistir, sin entregarse, a sabiendas que ese contacto con los “civilizadores” es hasta satisfacer su alimentación o acceder a una curación occidental.
En ese fallido afán de disciplinar a estos “barbaros” (sic), los evangelizadores o los colonizadores se dieron a la tarea de estigmatizar a los yuracarés. Así, por ejemplo, en una misiva de un sacerdote franciscano al Arzobispo de Charcas, fechada en 1820, refiriéndose a los yuracarés decía: “Unos salvajes estúpidos, una gente que anda errante por esos bosques inmensos, sin leyes, sin culto, sin templo, sin sacrificios, sin Dios, sin saber de dónde han venido, ni para qué fin están en este mundo ni a dónde han de ir a parar después de esta vida”.
Obvio, esa bestialización de los yuracarés los localiza por debajo de esa línea divisora de la humanidad denunciada por Franz Fanón para casos de estigmatización racial que en contextos coloniales es un dispositivo de poder. Esta deshumanización fue una estrategia colonial usada por los “civilizadores” que devela la incomprensión recurrente hacia el “otro”, el indígena. Es una huella colonial arrastrada hasta hoy por la sociedad y el Estado boliviano. Mientras tanto, los yuracarés son amos y señores de su bosque, su ancestral refugio que conservaron, a pesar de las embestidas civilizadoras de siempre, quizás porque allí ellos viven libres como los pájaros.
Yuri Tórrez es sociólogo.






