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Borda, arrancando corazones

Repulsivo y escabroso a la par que atractivo y fascinante, el cuadro más potente del arte boliviano no se exhibe en ninguna galería famosa. Olvidado, está en un ambiente lúgubre de la sala de criminología del Museo y Archivo Histórico Policial de La Paz, calle Colón. Permanece ahí para que nadie lo vea, para que […]

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Por Ricardo Bajo
BAJEZAS
La Paz / diciembre 30, 2020
en Voces

Repulsivo y escabroso a la par que atractivo y fascinante, el cuadro más potente del arte boliviano no se exhibe en ninguna galería famosa. Olvidado, está en un ambiente lúgubre de la sala de criminología del Museo y Archivo Histórico Policial de La Paz, calle Colón. Permanece ahí para que nadie lo vea, para que nadie mire de frente aquella/esta sociedad hipócrita e indolente.

Se llama Filicidio y es obra de Arturo Calixto Borda Gozálvez, ácrata y genio, que dedicó sarcásticamente su óleo a la sección de investigaciones de la propia Policía. El Toqui Borda la pintó en 1918, un año antes de su gran exposición en Buenos Aires, en plena era de la «grippe española», esa que mató a millones de personas en todo el mundo hasta que desapareció por arte de magia, sin vacuna.

Filicidio nos coloca delante de una chancha embarazada mientras devora los intestinos de un niño abandonado en un basural de la ciudad de La Paz, cerca del río Choqueyapu. A su alrededor solo vemos símbolos de muerte: alambres, un sombrero Borsalino extraviado, una herradura de la mala suerte, botellas de cerveza de la última bacanal, una calavera y un cofre, huesos, alta y baja suciedad. «Borda recrea para los paceños una sangrienta pedofilia estética, una descarnada muestra artística de las tripas de lo urbano», decía Carlos Villagómez en un Juguete Rabioso de agosto de 2005.

Borda, “demoledor zaratrústico y marxista”, como lo describiera Carlos Medinaceli, imaginó rincones y personajes paceños toscos, fiel reflejo de una ciudad conservadora y aún con resabios coloniales. El Toqui, como el Loco de su diario dispar, hizo de sí mismo un personaje —solitario, triste y perdido— que huyó de la puta realidad convirtiéndose en un marginado. Hostilidad con hostilidad se paga.

¿Pero quién es la marrana en esta ciudad de sombras? ¿Quién es la wawa? He trazado algunos bocetos: La cerda era/es en aquella pandemia olvidada la amenaza sobre un futuro incierto. El niño es/era el mero autor vilipendiado, el pobre loco que no lo parecía. Filicidio es una experiencia de dolor y destrucción, como este virus interminable. Nunca La Paz había mostrado su cara oculta de esa manera, nunca antes la oscuridad había sido atravesada por la devastación y el miedo.

Borda no estaba tan loco. “Calibán” condenó a aquella “wawa” en la pintura y don Arturo la salvó en su literatura. Leo El Loco, tomo uno: “Mi muerte estaba, pues, decretada. Pero nací. Y al instante, cual si fuera una ascua incendiaria o un vómito maldito, me arrojaron al arroyo, quizás al anochecer, ¿tal vez a la aurora? No sé. Y estuve así a la intemperie, desnudo, sin nombre, agonizando, cuando a la mañana viene una chancha preñada, hozando en el lodo hasta que me mira y se me viene satisfecha, y, hocicándome de pies a cabeza, me revuelca en el muladar, buscando dónde hincarme sus colmillos; pero en eso una mujer del pueblo que oportunamente ve el horror que está por consumarse, corre, espanta a la bestia y me salva para mi mal».

La escena es increíblemente violenta. Es una secuencia de cine gore, cuando todavía éste no se había inventado. En el siglo XVII estas cosas estaban de moda; era el barroco pleno que desgajó Rubens con Saturno aún antes que Goya pintara el Saturno devorando a su hijo. Tres siglos después, con el realismo más cruel/crudo, Borda desde La Paz retoma el mito.

Goya retrató al rey comiéndose a su pueblo o al pueblo devorándose a sí mismo. El Toqui hizo lo propio. Era su destino de héroe trágico. Vuelvo a Medinaceli: “Borda es la plenitud de una conciencia que se desnuda delante de todo el mundo, libre de todo prejuicio y sin importarle nada la befa o el escarnio de la gente ‘honesta’ que solo tiene la moral de la hipocresía”. Olvidamos lo que no queremos recordar ni a bala, lo que deseamos esconder debajo de la alfombra, por eso nadie se acuerda de las verdades del Loco, ni de sus frases, ni sus pinturas. Por eso también Filicidio está oculto en un museo que otra pandemia ha mandado a cerrar a cal y canto. Esa chancha somos todos. Leo a Borda, en Nonato Lyra (La Mariposa Mundial): “la obra de arte si puede interesar al público es únicamente a condición de ser profundamente emotiva, de corte excepcional, que tanto por su fondo y forma sacuda al espíritu, los nervios y los corazones”.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo

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