Si la historia sirve de guía, el próximo emprendimiento de Jeff Bezos, el hombre que convirtió la venta de libros por internet, que en ese momento era una idea loca, en un gigante de $us 1,67 billones, podría tener más consecuencias que el anterior. Bezos anunció la semana pasada que dejará de ser el director ejecutivo de Amazon. Su decisión le permitirá dedicar más tiempo a otros intereses y encontrar maneras de gastar una fortuna de alrededor de $us 195.000 millones.
Esa cifra asombrosa nos hace recordar a otro titán cuyo nombre se volvió sinónimo de inmensa riqueza: John D. Rockefeller. Los críticos de las prácticas monopólicas de Bezos lo comparan de manera frecuente con el magnate de la Edad Dorada. Al igual que Bezos, Rockefeller tenía la reputación de ser un empresario obsesionado por los detalles que parecía estar dispuesto a hacer todo para ampliar su imperio. Sin embargo, su generosidad después de retirarse fue tan grande y efectiva que su benevolencia eclipsó sus logros en los negocios al momento de su muerte.
Los segundos emprendimientos pueden transformar la imagen pública de un magnate, algo que se ha visto de manera clara en el competidor filantrópico más cercano en este siglo a Rockefeller: Bill Gates.
Gates, cofundador de Microsoft, también tomó a casi todos por sorpresa cuando entregó el puesto de director ejecutivo a Steve Ballmer a principios de 2000. “Regreso a lo que más amo”, declaró Gates, aunque los escépticos indicaron que la dolorosa batalla antimonopolio que Microsoft acababa de librar sin duda había sido un factor. Diez días después, Gates y Melinda Gates, su esposa, donaron $us 5.000 millones adicionales a la fundación de beneficencia que lleva sus nombres, con lo que la convirtieron en la que posee los mayores recursos en el mundo. El chico maravilla hipercompetitivo y riguroso de los días de las guerras de los navegadores y las computadoras personales se ha desvanecido en la historia, absorbido por la reputación de un filántropo global.
Gates proporciona una plantilla de renovación de imagen de un multimillonario en el siglo XXI y un ejemplo útil de cómo un emprendedor tecnológico implacable puede reenfocarse en otras metas. Bezos y su equipo seguramente han prestado atención a la trayectoria de su vecino en el área de Seattle. Bezos hace poco estableció dos fondos destinados a iniciativas benéficas importantes: Bezos Earth Fund, con $us 10.000 millones para combatir el cambio climático, y Bezos Day One Fund, con $us 2.000 millones para atender a las personas en situación de calle e impulsar la educación preescolar.
En su carta de despedida a los empleados de Amazon, Bezos escribió que se va a dedicar a sus “otras pasiones”, no solo a la filantropía. Blue Origin, su compañía espacial privada, podría resultar un buen catalizador para su ambición. El espacio ha sido uno de los intereses de toda la vida de Bezos, quien durante su discurso de despedida del bachillerato dijo que tenía esperanzas de que algún día fuera posible la colonización del espacio, y desde entonces ha continuado bosquejando grandiosas visiones galácticas.
Tras dejar sus trabajos cotidianos, Rockefeller, Carnegie y Gates emplearon su tiempo e influencia para crear un modelo de segundo emprendimiento filantrópico. Jeff Bezos podría romper el molde. El lema de Blue Origin tal vez sea una pista de cómo lo hará: Gradatim ferociter (Paso a paso, de manera feroz).
Margaret O’mara es columnista de The New York Times.






