Con distancia de 80 años, dos golpes imaginarios en Bolivia señalan con el dedo a la pérfida Albión como eslabón primordial de eventos que no tuvieron lugar.
Ocurrió que la Guerra del Chaco fue no solamente crisol de nuevas ideas políticas germinadas en mentes civiles, sino también semillero de inquietudes entre aquellos militares jóvenes que emergieron de la contienda con ansias de heroísmo, entre ellos el singular oficial llamado Elías Belmonte Pabón, fundador principal de la logia secreta Razón de Patria (Radepa). Pleitos entre botudos provocaron su caída en desgracia que lo expelió en 1941 hacia Berlín, en exilio dorado como Agregado Militar, mientras se desencadenaba la Segunda Guerra Mundial. Gobernaba en La Paz, el general Enrique Peñaranda que, amigo de Washington, se alineó con los aliados, contrariando a los radepistas más inclinados hacia las potencias del Eje, particularmente a Alemania, que interesada en la producción de estaño, material estratégico para sus industrias bélicas, competía con Estados Unidos por el mismo botín. Sea éste el motivo o bien el peligro de que Hitler establezca una cabeza de playa en Sudamérica, fueron razones más que suficientes para tejer una intriga. El 18 de julio de 1941, el enviado gringo Douglas Jenkins visitó al canciller Alberto Ostria Gutiérrez para entregarle fotocopia de una supuesta carta interceptada a Elías Belmonte en la cual éste se habría dirigido al embajador alemán Ernst Wendler, para comprometer su cooperación en la preparación de un golpe de Estado que sería protagonizado por militares que se trasladarían desde La Paz, Santa Cruz y Trinidad, hasta Cochabamba, usando bicicletas para no llamar la atención. El 19 de julio el gobierno declaraba “persona non grata” a Wendler y el 24 de julio, daba de baja por traición a la Patria a Belmonte, a quien se le impediría asomarse siquiera a las costas sudamericanas. Peñaranda, con ese pretexto hizo una redada de elementos opositores a su gobierno en sañuda persecución. Finalizada la guerra, 30 años más tarde se descubrió que aquella carta fue una burda falsificación elaborada por Station M del Servicio Secreto británico, que con esa conjura obtuvo su objetivo buscado: Bolivia proveyó estaño barato a los aliados. Belmonte en 1979 fue desagraviado y tardíamente lució sus estrellas de general.
Irónicamente, el 8 de marzo pasado, un portal ad hoc denominado Desclassified UK, bajo el llamativo título Reino Unido apoyó el golpe de Estado en Bolivia, para acceder a su oro blanco, relata una pretendida confabulación de intereses ingleses por el litio boliviano como razón para la desestabilización del gobierno de Evo Morales, quien sería suplantado por otro más proclive a aceptar las pretensiones de empresarios británicos; para ello, se dice, se organizaron seminarios sobre ciberseguridad y otras reuniones similares.
En base a ese relato tenue y sin ningún asidero oficial que involucre al gobierno de Su Graciosa Majestad, el canciller boliviano convocó al embajador Jeff Glekin para expresarle su indignación. No tardó el comunicado de la embajada en el que se clarifica, entre otros elementos, que los eventos realizados eran parte de acuerdos con el gobierno de Morales, sobre ciencia e investigación.
Si bien el famoso putsch nazi develado en base a una carta falsificada que presumía controlar el estaño boliviano, no llegó a tener lugar, ahora es la codicia por el litio que, según aquel portal fantasma, movió a los consorcios británicos a manipular actores políticos para destronar a Evo Morales.
Lo cierto es que el 10 de noviembre de 2019, ante la renuncia y posterior fuga del presidente, una perfecta sucesión bendecida por el Tribunal Constitucional y consagrada por la Asamblea Legislativa, instauró el gobierno transitorio que organizó elecciones limpias, gracias a las cuales, asumió la primera magistratura, en buena ley, Luis Arce Catacora. La letanía cacofónica del “golpe” desvirtúa la legitimidad del actual mandatario, con fines inconfesables.
La Cancillería nacional, bien haría de privar al gobierno de la Reina Elizabeth II de esa alegación tan risueña como absurda que solo demuestra improvisada artesanía diplomática.
Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.






