Tenía 18 años cuando fue coronado como rey de Bután, Jigme Singye Wangchuck, ese día proclamó que “la Felicidad Interior Bruta es mucho más importante que el Producto Interior Bruto”, era el 2 de junio de 1974. Bután mide la felicidad de sus habitantes con una encuesta en la que pregunta cómo mediría su vida: muy estresante, poco estresante, no sabe. La encuesta sirve para saber si la persona ha perdido mucho sueño por sus preocupaciones, o el último mes, con qué frecuencia socializó con sus vecinos y si cuenta cuentos tradicionales a sus hijos. Con esta encuesta se mide el estado psicológico o el uso del tiempo y se determina la Felicidad Interior Bruta.
El 20 de marzo de este año, la Organización de Naciones Unidas hizo conocer el ranking de los países más felices encabezados por Finlandia, Dinamarca y Suiza; se mide según la calidad y acceso a los servicios de salud, de educación, bienestar psicológico, uso del tiempo, entre otros. Con estos indicadores Bolivia ocupa el puesto 69 de felicidad de un total de 156 países. No sé qué puesto ocuparíamos si los indicadores medirían el grado de soledad de los habitantes, su cercanía o calidad de relaciones familiares, la frecuencia y espontaneidad de los almuerzos preparados caseramente, el goce de escuchar los cuentos narrados por las abuelas, la fortuna del tiempo compartido con amigos sin el apremio del reloj, el baile improvisado, el conocimiento del vecino, el cuidado de los nietos en casa de los abuelos en lugar de la guardería, las reuniones con parientes sin aviso previo.
La felicidad tiene un parentesco muy cercano con la alegría pero no es lo mismo, la felicidad es una forma de vida más duradera producto del bienestar, la tranquilidad, la buena salud, el confort, por eso se la puede medir. La alegría es más esquiva, menos duradera, por lo tanto menos mensurable, que como cualquier poción mágica consumida en pequeñas proporciones y sin restricciones, entre dosis y dosis suelen mantenernos en estado de gracia. Es un pequeño consuelo para quienes en el ranking de la felicidad ocupamos el puesto número 69. No sé si en algún momento se contabilizarán las alegrías a las que anualmente podemos llegar, mientras tanto disfrutemos de las que llegan, sean grandes o chiquitas, porque siendo un bien aún renovable, cuando llegan deben ser siempre bien recibidas.
Lucía Sauma es periodista.






