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Hugo Blym sabe dónde vive

“Quizá en ninguna parte del mundo la vida del literato sea tan incierta, amarga y desoladora como la que se vive en Bolivia”. Es domingo 26 de marzo de 1950 y han pasado 10 meses de la muerte del escritor Carlos Medinaceli Quintana, con apenas 51 años. Hugo Vilela del Villar, más conocido como Hugo […]

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Por Ricardo Bajo
BAJEZAS
La Paz / abril 7, 2021
en Voces

“Quizá en ninguna parte del mundo la vida del literato sea tan incierta, amarga y desoladora como la que se vive en Bolivia”. Es domingo 26 de marzo de 1950 y han pasado 10 meses de la muerte del escritor Carlos Medinaceli Quintana, con apenas 51 años. Hugo Vilela del Villar, más conocido como Hugo Blym, escribe en el suplemento literario de La Razón y recuerda su amistad con el autor de La chaskañawi. Y cita al escritor sucrense: “Pero qué ingenuo es usted, don Hugo, hasta ahora no sabe dónde vive. Es hora de que se dé cuenta de que los escritores en este ‘ayllu’ no valemos un pito, especialmente para los huayra-levas que están en el poder”.

La palabra “huayra-leva” era el “invento” favorito de Medinaceli y su metáfora de ruptura con la Bolivia racista de señoritos/ doctorcitos. La venganza es terrible: Medinaceli acaba de ser despedido de la Cancillería donde se ganaba el “puchero” como auxiliar y deambula con sus manuscritos por los cafetines. Su luenga barba imita a la de Ramón María del Valle Inclán, otro genio peculiar. Las editoriales le exigen pago adelantado y él tan solo sueña con escapar a Cotagaita —su refugio— para dedicarse “a sembrar papas, labor más noble y productiva que escribir”.

Hugo Blym era otro “inconforme” y así lo retrató el crítico literario chuquisaqueño Carlos Castañón Barrientos en su libro Pasión literaria: ocho escritores paceños (1999, Librería-Editorial Juventud). Nacido el 9 de octubre de 1910 en la “Hoyada” y fallecido en la misma ciudad el 4 de agosto de 1979, Vilela del Villar estudia en el San Calixto y adopta su apellido pseudónimo para diferenciarse de sus hermanos también escritores: Luis Felipe y Arturo. Casado con doña Luisa Zelada Vidal, tiene dos hijas, Sonia y María del Rosario, a quienes dedica una de sus tres novelas, Títeres de la meseta (Fundación Patiño, La Paz, 1953).

Blym, escritor insumiso olvidado hoy en día, se dedica al negocio de los libros y la papelería. De formación autodidacta, abre tres librerías en la Comercio, Ingavi y en El Prado. De carácter extrovertido, funda peñas como La Trinchera y es amigo de los más grandes: de Tristán Marof (otro gigante con pseudónimo), de Marina Núñez del Prado, de Yolanda Bedregal, de Oscar Cerruto, de Juan Capriles, al que llama “poeta del dolor perdido en medio de la bohemia sentimental”. La tarea de crear personajes le fascina, “era su vida, bohemio como tantos de sus contemporáneos, poseía un gran sentido del humor, le gustaba bromear. Tenía el corazón alegre y liberado de traumas; en este sentido, era un hombre feliz”, recuerda su hija Sonia de Johnston en el citado libro.

Lo único que borra su sonrisa es la ausencia nostálgica del mar. En uno de sus mejores viajes, dicta conferencias en Dallas, Columbus, San Antonio y Houston sobre la invasión chilena. Admirador del indigenismo de Raza de Bronce de Arguedas y de la crítica anti-cacique de La candidatura de Rojas de Chirveches, don Hugo escribe tres novelas (la mejor es Puna de 1940, editorial Ercilla, Chile); dos libros de relatos (La rebelión y otros cuentos del Kollao de 1937, editorial chilena Zigzag y En la ruta de los cóndores de 1964, editorial El Progreso, La Paz); un poemario inédito (Honda); un ensayo (Alcides Arguedas y otros nombres en la literatura de Bolivia de 1945, editorial Kier, Buenos Aires) y una curiosa comedia en tres actos llamada Campeonas de Rummy-Canasta (1963) donde una mujer enviciada por el juego desciende a los infiernos con tal de mantener su condición de tahúr invicta.

“Le cae muy mal el espíritu explotador del terrateniente, la terrible pobreza del indígena y la forma lamentable en que discurre la existencia de la clase media. Reprocha con tono áspero las torpezas de la política criolla sobre todo en época de elecciones. Le desagrada el egoísmo y las miras estrechas de los dirigentes de la nación, políticos o no”, trazaba así su perfil don Carlos Castañón Barrientos, quien falleció hace ya tres abriles.

En la tapa de su libro, ocho fotos de carnet en blanco y negro me miran. Ahí está don Hugo Blym —quizás el menos conocido del grupo—. Detrás de sus lentes de carey y su mirada dura veo a un inconforme que conociendo cuán incierta, amarga y desoladora es la vida del escritor en Bolivia, optó por ese camino. Don Carlos, su amigo Blyn sí sabía dónde vivía.

  Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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