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Cuerpos invencibles

En una de las incursiones del Control Político en busca de mi padre, durante el gobierno del MNR, los agentes hicieron caer la pequeña biblioteca que teníamos y un libro con el rostro de Eva Duarte Perón (1919-1952) fue a dar debajo de la gran mesa donde estábamos escondidos con mis dos hermanas. Mi madre, […]

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Por Édgar Arandia Quiroga
A FUEGO LENTO
La Paz / junio 5, 2021
en Voces

En una de las incursiones del Control Político en busca de mi padre, durante el gobierno del MNR, los agentes hicieron caer la pequeña biblioteca que teníamos y un libro con el rostro de Eva Duarte Perón (1919-1952) fue a dar debajo de la gran mesa donde estábamos escondidos con mis dos hermanas. Mi madre, con el sable que teníamos como adorno, hizo retroceder a los civiles de rostros furibundos. En la tapa del libro vi una sonrisa dulce y unos ojos negros, más bien pequeños que me miraban, ante el griterío y el miedo. El libro de fondo azul titulaba La Razón de mi vida. Entonces, alguien gritó y los agentes, alertados ante la noticia que un hombre fugaba por el techo, salieron afanosos tras él. Cuando salimos de nuestro escondite, mi madre estaba con el cabello revuelto, respiraba agitadamente, nos abrazó y su rostro se dulcificó inmediatamente. No solté el libro, fascinado por la foto de la mujer de la mirada dulce.

Después vi su foto, cuando ella, muy delgada, se dirige a los “descamisados “, a sus “cabecitas negras”, los excluidos de Argentina, era el 1 de mayo de 1952, junto al presidente Juan Perón que la sostiene ante su manifiesta fragilidad. El rostro de Perón lo dice todo: sabe que Evita morirá por un cáncer que la devora y que la oligarquía, alegre por el previsible desenlace, celebra su enfermedad con grafitis en las zonas pudientes que escupen: “Viva el cáncer”. Evita parte a los 33 años.

En los barrios populares la congoja contrastaba ante el júbilo de la oligarquía. Éstos pensaban que la muerte se llevaría toda la obra social y la memoria que Evita había acumulado a través de medidas favorables a las clases populares, consolidando un poderoso movimiento popular que, con sus diversas corrientes, permanece después de medio siglo. El júbilo de la oligarquía duró poco.

En 1955, un golpe militar conservador, encabezado por Pedro Aramburu, liquida el proceso político y proscribe el peronismo, y Perón sale al exilio; el cuerpo de Evita, embalsamado, es escondido en la Central General de Trabajadores (CGT), luego descubierto por la Marina. Su cuerpo simboliza la rebelión, es un detonante; los militares discuten para deshacerse de él, quemarlo, lanzarlo al mar, finalmente deciden por una sepultura clandestina. Aramburu resuelve que un subordinado se haga cargo y éste lo esconde en su casa; una noche, al creer que alguien intenta robarlo, dispara y mata a su esposa. Sin dilación, el cuerpo es llevado al Servicio de Inteligencia del Estado, pero se filtra la noticia y aparecen velas y flores; entonces deciden sepultarlo en Italia con nombre falso, el 13 de mayo de 1957. En 1970, Los Montoneros secuestran y ejecutan al general Aramburu y luego de varias negociaciones turbulentas, la propia dictadura militar acude a Perón, exiliado en España, y éste acepta con la condición que fueran devueltos los restos de su esposa Evita y promover estabilidad social. Perón gana las elecciones en 1973, muere al año y su nueva esposa Isabel que lo sustituye, debe repatriar el cuerpo de Evita a cambio del cadáver de Aramburu que fuera secuestrado.

En 1974, el cuerpo de Evita, embalsamado, llega a Buenos Aires, sus adeptos proyectan un mausoleo para la pareja, pero el general Videla pone fin al retorno del peronismo (1976) instalando una dictadura brutal de exterminio del llamado “zurdaje”; así Perón es enterrado en la Chacarita y Evita en la Recoleta, en un cementerio de aristócratas, militares y hacendados que tanto la despreciaron y odiaron.

El terror y el miedo de las clases hegemónicas ante los líderes populares desaparecidos conforma una variedad del síndrome paranoico fantasmal, su alacridad a la hora de hacer desaparecer sus cuerpos y su odio hacen inútil su esperanza de matar por segunda vez la memoria y el legado ideológico de sus adversarios, y produce lo contrario: la mitificación y la presencia constante. El cuerpo desaparecido de Marcelo Quiroga sigue siendo una sombra que oprime a sus asesinos, los cientos de desaparecidos cuya memoria siguen rondando los cuarteles y mansiones de sus ejecutores, no se disolverán nunca porque existe un valor ético que la humanidad demanda: justicia.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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