Los equipos de rescate se abren camino por el polvoriento paisaje lunar de los escombros. Las conferencias de prensa dan pocos ánimos. Hay fotografías de los seres queridos desaparecidos reunidas en un repentino santuario conmemorativo. Rabia. Dolor. Una esperanza vaga que cede ante la triste aceptación.
El derrumbe a mitad de la noche del edificio de apartamentos Champlain Towers South, en Florida, la semana pasada, fue una tragedia distinta a cualquier otra, con sus propias circunstancias, su propia comunidad afectada. No se trataba de un ataque terrorista en el bajo Manhattan, sino de un aparente fallo estructural en Surfside, Florida. No obstante, para cualquiera que recuerde los días inmediatos que siguieron a la catástrofe del World Trade Center (de la que se cumplen 20 años en septiembre) los informes y las imágenes de Surfside resultan casi demasiado familiares, sin importar que el edificio Champlain tuviera aproximadamente una décima parte de la altura de las torres gemelas de 110 pisos. Los dos acontecimientos están unidos por las acciones humanas y técnicas del desastre.
“Permítanme expresarlo de esta manera: pasamos por un proceso”, señaló Joseph Pfeifer, jefe adjunto jubilado del Departamento de Bomberos de Nueva York y director fundador del Center for Terrorism and Disaster Preparedness (Centro de Preparación para el Terrorismo y las Catástrofes). Fue el primer jefe de bomberos en llegar al lugar de los hechos cuando cayeron las torres y ayudó a supervisar los inmensos trabajos de rescate.
Por ejemplo, narró, inmediatamente después de ambas tragedias, las personas sintieron la necesidad de reunirse, de expresar su dolor y empatía mediante la colocación de fotografías, flores y velas en espacios públicos.
En ambos casos, se invitó a las familias a visitar el lugar de los hechos desde una distancia segura, ya sea para presentar sus condolencias, para sentirse cerca de sus seres queridos, o para mostrar su apoyo a los trabajadores de emergencias médicas que están haciendo todo lo que pueden. Al igual que con el desastre posterior al 11 de septiembre, señaló Pfeifer, habrá investigaciones, una manera de reflexionar y preguntarse qué sucedió y por qué. “Después hay que prever el futuro”, dijo. “¿Cómo podemos mejorar? Y eso se convierte en cierta esperanza”.
Las probabilidades de sobrevivir a la fuerza de una pila de pisos de concreto que se derrumban son casi nulas, pero los milagros existen. Es posible que se creen vacíos. “No significa que no haya esperanza”, comentó Mike Corr, detective jubilado y especialista en rescates de la Unidad de Servicios de Emergencia del Departamento de Policía de Nueva York, quien también respondió al desastre del 11S. “Hay casos en los que la gente ha sobrevivido, porque sí hay vacíos…”. El “pero” no se pronunció, pero estuvo implícito en el tono de voz de Corr. Hasta ahora se ha confirmado la muerte de 22 personas en Surfside, y otras 126 siguen desaparecidas.
Ocho días después del derrumbe, las labores de búsqueda y rescate continúan, pero Pfeifer dijo que los familiares estaban entrando en la etapa en la que la esperanza disminuye con cada tictac del reloj y aparece un asomo de aceptación. Pronto, muchos familiares se centrarán en la recuperación e identificación de los restos de sus seres queridos, un proceso que, en los 20 años posteriores al 11S en Nueva York, no se ha detenido. De acuerdo con la Oficina del Médico Forense en Jefe de la ciudad, los restos de 1.108 de las 2.753 víctimas de aquel día (alrededor del 40%) siguen sin ser identificados.
Dan Barry es columnista de The New York Times.






