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Habitar la pantalla

Tengo fascinación por los papeles, su piel tersa que se amarillea con el tiempo tiene un encanto indescifrable, sirve para dibujar y escribir. Una nota de defunción o de nacimiento está escrita sobre un papel, las fronteras con los países aparecen con líneas y puntos. No hay placer más grato que abrir un libro y […]

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Por Édgar Arandia Quiroga
A FUEGO LENTO
La Paz / julio 4, 2021
en Voces

Tengo fascinación por los papeles, su piel tersa que se amarillea con el tiempo tiene un encanto indescifrable, sirve para dibujar y escribir. Una nota de defunción o de nacimiento está escrita sobre un papel, las fronteras con los países aparecen con líneas y puntos. No hay placer más grato que abrir un libro y sumergirse en él íntimamente; la pantalla del celular y la computadora intenta suplir esa superficie y hasta ahora, la batalla continúa.

A partir de la pandemia, una revolución en las costumbres de los seres humanos ha cambiado el habitar, debido a que la interrelación con el espacio urbano o rural que les permite acceder al ser de las cosas, tomando un contacto directo con la realitas, es restringida. Es el ámbito de convivencia con las personas que determina el arraigo espacio-socio-cultural y éste se minimizó recluyéndolo al espacio de la casa o del cuartito de tres por dos de la periferia.

Es más fácil prender un celular o una computadora que abrir un libro, quedarse en la casa y estudiar desde la cama, pero esas comodidades solo son para una parte privilegiada de la sociedad. El habitar en tu ciudad supone que desde ella te ganarás el pan para tu familia, obtendrás los recursos para pagar el agua y la luz y si por desgracia caes enfermo, por interrelacionarte para vender tus productos o tu fuerza de trabajo, solo te resta encomendarte a cuantas divinidades y dioses conoces, porque no tienes certeza de salir vivo, porque además no puedes asumir el costo de una clínica privada o la falta de medicamentos en los servicios gratuitos de la salud pública.

Ese habitar nuevo ha cambiado el ethos de los diferentes estratos sociales que moran en la ciudad escindida como La Paz-Chukiyawu Marka. Para las clases populares el escenario es muy severo por las consecuencias que trajo, no solo la pandemia, sino el golpe de Estado que sirvió para asaltar las arcas fiscales y desordenar la institucionalidad hasta extremos inconcebibles y ensanchar el porcentaje de pobreza.

La ciudad es una comunidad urbana para las clases populares y desde ese ámbito, la creatividad ha generado un entramado de fuerzas que han permitido resolver problemas urgentes para muchos sectores abandonados a su suerte. Así, el uso del Internet permite intercambio de servicios y trueques, vender a domicilio todo tipo de mercancías, pero esto es limitado y un porcentaje mayoritario debe dar la cara en las calles.

La total debacle del negocio del turismo ha provocado que hoteles y emprendimientos colaterales sean arrastrados al cierre, en algunos casos definitivo y en otros, a sobrevivir inventándose maneras de interesar a un público escaso o cambiando de rubro.

Si bien la economía muestra cierta estabilidad, una de las tareas esenciales del Estado fue la que más estragos sufrió: la educación.

Ahora nos toca a los padres de familia lidiar con la tecnología y establecer una crítica con los hijos para que desde su habitar, la pantalla, conserven su espíritu de solidaridad real y no ficticio, para advertirles que lo que emiten los famosos influencers o youtubers no es filosofía o los datos científicos no son creíbles porque no usan fuentes serias. Apenas terminan sus clases virtuales, acuden a ellos para desestresarse por la excesiva acumulación de información, sobre todo si sus materias son teóricas; y si éstas son procedimentales o prácticas, las limitaciones se multiplican: como enseñar a sacar una muela o proceder a manejar un cultivo en los llanos o el altiplano. Cada docente debe acudir a un sinfín de acercamientos virtuales que nunca se compararán con el seguimiento pedagógico personalizado, la pantalla es un muro visible y no se la puede atravesar. Hemos comprobado que podemos vivir prescindiendo de militares, curas y fútbol, pero no podemos hacerlo sin los educadores, pese a que la educación pública vive desde hace décadas prisionera del sindicalismo trotskista que reclama todo y no propone nada, y que la privada se hace inalcanzable para la mayoría y no es garantía de excelencia.

Habitar desde la pantalla no debe aniquilar los valores humanos, el calor de la interrelación es fundamental para habitar el mundo y una sociedad sin educación es fácil de domeñar y domesticar.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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