En las primeras horas del 10 de abril de 2003, me había refugiado en el que entonces era, para mí, el lugar más seguro del mundo: el piso de la recámara de mis padres en nuestra casa de Mosul, Irak.
Menos de 24 horas antes, el régimen iraquí había sido derrocado tras la campaña estadounidense de “choque y pavor”. Las semanas anteriores habían sido una mezcla de ataques aéreos y miedo. En Mosul, reinaba el caos.
Todavía recuerdo lo que Donald Rumsfeld, entonces secretario de la Defensa de Estados Unidos, declaró un día después cuando le preguntaron por qué el Ejército estadounidense no hizo nada para detener los saqueos: “La gente libre está en libertad de cometer errores, crímenes y maldades. También es libre de vivir su vida y hacer cosas maravillosas”.
Rumsfeld, quien murió el anterior martes, describió el caos y el desorden como libertad. Sus comentarios fueron una señal de la trayectoria de Irak y, para mí, fueron el primer encuentro con lo que llegaría a conocer como el modus operandi de Rumsfeld (y de Estados Unidos) en relación con Irak: la manera descarada en que ignoraban la realidad y su indiferencia ante lo que ocurría en realidad en el país, simbolizadas en la incapacidad del ejército de ocupación para proteger el frágil país que acababa de tomar.
Sadam Husein era un dictador brutal y era poco probable que fuera destituido con una revolución popular. A medida que se encontraban las fosas masivas de kurdos y chiitas iraquíes, su derrocamiento parecía más legítimo. La guerra había hecho justicia a millones de personas, pero millones más se convertirían en nuevas víctimas. Solo que aún no lo sabían.
El gobierno de George W. Bush no tuvo que buscar mucho para encontrar aliados iraquíes que apoyaran la invasión. Hubo algunos iraquíes en el extranjero dispuestos a mentir y engañar sobre la existencia de armas de destrucción masiva para que la guerra se desatara. Tenían una meta común con Rumsfeld: invadir Irak y derrocar a Husein. El resto era irrelevante.
El historial de Rumsfeld en Irak se compone de una letanía de fracasos. Tal vez su falta de responsabilidad más carente de humanidad y liderazgo moral fue la tortura de los prisioneros en Abu Ghraib por parte del Ejército estadounidense. Aunque algunos soldados cumplieron sentencias de prisión, Rumsfeld salió indemne. Todo lo que creía haber logrado en Irak se vino abajo y nunca se disculpó ni pareció sentir el menor remordimiento por la agonía que causaron sus errores. Mientras mi país derramaba ríos de sangre, él no mostró ningún arrepentimiento.
Hasta el día de hoy Irak no es ni la sombra de lo que fue, es un Estado solo de nombre. La democracia es un juego político en el que los mismos partidos corruptos se reparten el poder y la riqueza. Irán es el que manda, con sus representantes armados que mantienen el statu quo y asesinan —literalmente— todo aquello que desafíe su condición.
El fracaso en la estabilización de Irak mientras se perdían miles de vidas estadounidenses cambió el discurso interno de Estados Unidos para siempre. Cualquier tipo de intervención estadounidense, aunque no sea militar y sea necesaria, es recibida con escepticismo. Hoy en día, el Medio Oriente sigue estando en manos de muchos dictadores y criminales de guerra.
Después de que Rumsfeld dejó el cargo en 2006, no volví a pensar en él. No me interesaba lo que decía o hacía. El daño ya estaba hecho. El grado al que puso a Irak en el camino irreversible de destrucción no se olvidará. Pero para muchos de nosotros que aún esperamos un Irak mejor, él es tan irrelevante como su muerte lo es ahora.
Rasha Al Aqeedi es directora del Instituto Newlines y columnista de The New York Times.






