Viendo los incidentes del día de ayer en la sesión de honor de conmemoración del 196 aniversario de independencia de Bolivia, resultó inevitable traer a la memoria al premio Nobel de la Paz Octavio Paz y su afirmación de que “la democracia política y la convivencia civilizada exigen la tolerancia y la aceptación de valores e ideas distintos de los nuestros”, asociado a la necesidad de abordar de manera reflexiva tales conductas.
Dado su carácter multívoco, suele relacionarse a la tolerancia con la permisividad de un mal menor, con una manera de soportar aquello que no nos gusta o con una suerte de resignación para no alimentar mayor conflicto.
La Declaración de los Principios sobre la Tolerancia, adoptada en 1995, en el seno de la UNESCO, invita a no considerarla como concesión, condescendencia ni indulgencia, sino y, ante todo, entenderla como una actitud activa de reconocimiento de los derechos humanos universales y de las libertades fundamentales de los demás. Significa que uno no ha de imponer sus opiniones a los demás y aceptar el hecho de que los seres humanos, naturalmente caracterizados por la diversidad de su aspecto, su situación, su forma de expresarse, su comportamiento y sus valores, tienen derecho a vivir en paz y a ser como son.
Como refiere literatura especializada, la tolerancia no significa neutralidad, indiferencia, cobardía, ni pasividad ante abusos o injusticias; sino más bien la firmeza de las personas, las comunidades y los gobiernos para darle sitio a la diferencia y a la divergencia; para aceptar la existencia de valores, ideas, formas de pensar diversos y hasta opuestos a los nuestros; para comprender y aceptar el derecho de los demás a ser distintos, sin renunciar a nuestras convicciones, creencias, causas de lucha o exigencias de justicia.
La tolerancia, no es suficiente para extender puentes de entendimiento en una sociedad tan diversa como la nuestra, requiere de la aceptación de la pluralidad, que es la seña de identidad de nuestro país y que está contenida de manera transversal en la Constitución Política del Estado. En este sentido, como esencia de la pluralidad está el reconocimiento mutuo y la otorgación de validez a lo diverso, en un mismo plano de igualdad.
No podremos llegar a alcanzar este propósito de espaldas, ni anclados en posturas intransigentes o en dogmatismos ideológicos, con estigmas de unos y otros, con mentiras, con categorizaciones discriminatorias, con discursos de provocación, con gritos, golpes y patadas. Tampoco podemos pasar a otro estadio con indiferencia ante los acontecimientos sangrantes de nuestra historia reciente, sin conocer la verdad de los hechos, sin justicia imparcial y sin reparación a las víctimas.
Requerimos cultivar una cultura del diálogo, como herramienta a través de la cual se llegue a restaurar confianza, abandonando los enconos y encontrando comunes denominadores de entendimiento y cooperación para el tan anhelado desarrollo del país.
Desde la pluralidad de nuestro origen, cultura, religión o ideología, todos y todas podemos aportar con diálogo, tolerancia y respeto a la convivencia pacífica, no obstante la exigencia mayor está señalada hacia los, no siempre tolerantes, representantes políticos.
María del Carmen Almendras es abogada y diplomática; fue vicecanciller.






