Cuando las vacunas contra el COVID-19 empezaron a abrir el mundo a algunos de los que vivimos en Los Ángeles, una ciudad devastada por la pandemia, volver a los restaurantes, clubes de baile, bares o teatros era una prioridad para muchos. Sin embargo, la mía era volver a los centros comerciales.
Esa era la normalidad a la que supuse que volvería. Pero ha ocurrido algo sorprendente: me di cuenta de que ya no quiero comprar. Aunque estoy vacunada y puedo volver a pasear por los pasillos de los centros comerciales, no tengo ninguna motivación para salir a curiosear. Al principio, lo atribuí a una renuencia persistente a estar en lugares cerrados y entre multitudes, un remanente de la paranoia causada por el COVID (no tan paranoica, dada la nueva variante Delta). Pero eso no es todo.
Más de un año sin salir de compras ha generado una perspectiva totalmente nueva sobre las tiendas y la naturaleza de mi apego a ellas. En pocas palabras, ha desaparecido la emoción de ir a comprar cosas que alguna vez fue tan esencial en mi vida. En algún momento, me convencí de que comprar sin ninguna necesidad real por los artículos que podría adquirir tiene su propio costo, pues me priva de mi bien más preciado: el tiempo. Otra experiencia que me llevó a esta nueva actitud iluminada, irónicamente, fueron las compras a través de internet.
Pero todavía me siento inquieta. ¿Qué voy a hacer con todo el tiempo que invertía en las compras? Si no me sumerjo con regularidad en los comercios de mi mundo, ¿seguiré siendo parte del mundo? Es cierto que la acción de comprar era casi mecánica, pero el paseo que implicaba era una actividad preciada. Pasear me ponía en contacto casual con personas, actitudes, conversaciones, tendencias y sentimientos en el aire. Todo eso influía en mí, me ofrecía ideas para reflexionar y medirme. El precio de mi nueva vida iluminada y libre de compras es que me siento menos definida. No estoy tan segura de quién soy.
Pero quizá sea apropiado sentir eso en este momento. Estados Unidos está atravesando un gran cambio, peligrosamente inseguro de su identidad y sus deseos. El cambio constante y la agitación social de 2020 han continuado en 2021, pues hay más novedades. Esa es tal vez la razón más importante por la que han perdido su brillo las compras: esa distracción que antes era tan agradable y rejuvenecedora —sin mencionar que era arquetípica del país— ahora resulta totalmente superflua. Me parece algo incorrecto.
Los analistas del mercado afirman que los estadounidenses están volviendo a sentirse cómodos haciendo compras en centros comerciales y otros establecimientos. Sin embargo, muchos de nosotros también sentimos la urgente necesidad de estar al tanto de todo lo que ocurre. Con el telón de fondo de la crisis existencial de esta nación, comprar parece cada vez más un intento de ignorar y olvidar. Es decir, se parece cada vez más a lo que siempre ha sido.
Mis compras ahora son mucho más enfocadas y planeadas. Aun así, el malestar persiste. Deseo más el progreso que las cosas materiales y creo que ese cambio será duradero.
Pero mi decisión de comprar menos no resuelve nada, al menos no los grandes problemas que necesitan solución. Es, sin embargo, una prueba de que el cambio positivo es factible, incluso en actividades tan fundamentales de nuestras vidas que ni siquiera pensamos en ellas. Los grandes cambios seguirán ocurriendo: del racismo al antirracismo, de la democracia en piloto automático a la democracia en peligro. En este contexto, dejar de ir al centro comercial parece un pequeño cambio, pero es un comienzo.
Erin Aubry Kaplan es escritora y columnista de The New York Times.






