Un año y cinco meses sin turistas extranjeros en Bolivia, es el tiempo en el que se ha producido el desastre para la hotelería, los restaurantes, el transporte aéreo, terrestre y lacustre, el sector de las artesanías, los guías turísticos, las agencias de viajes. Sin contar que la debacle ya venía desde los problemas políticos de octubre de 2019.
Hablar de turistas es hablar de extranjeros, que cámara en mano captan paisajes, gente, compran chompas de alpaca, prueban cuñapés y salteñas, rondan por las calles del centro de nuestras ciudades, caminan en grupos, están acostumbrados a pagar en los museos y terminar en la tienda de recuerdos. Por las noches pueblan los restaurantes, dejan propinas, parten temprano por las mañanas en los buses que trabajan para ellos. Se duplican cuando el norte vive el verano y aquí es invierno. Caminan kilómetros para conocer ruinas o visitar la exuberante naturaleza de selvas tropicales, bosques o montañas.
Sin europeos, asiáticos o americanos curiosos y deseosos de descubrir Bolivia, quienes trabajan con el turismo tienen que ir por los nacionales. No es lo mismo tratar a quienes vienen de lejos que a aquellos que creen conocerlo todo. Primero, deben reducir y convertir sus tarifas a bolivianos, adecuar el menú de la comida, menos platos internacionales y más gustito propio. También deben ajustar el calendario a los feriados nacionales o locales, saber que los grupos estarán conformados por familias más que por delegaciones de un solo o similar grupo etario.
Y por su lado los nacionales, que tampoco pueden planear viajes al extranjero, buscan vacacionar dentro de su territorio. En muchos casos son descubridores de maravillas que no imaginaban tener al alcance de sus manos. Con avidez se trasladan a visitar sitios considerados sagrados de culturas que son suyas, comer frutas exóticas, saber que tienen gente que se ha capacitado en las mejores escuelas del mundo como chefs para cocinar con productos nativos delicias que estaban destinadas a paladares foráneos y ahora deben reacomodarse al sabor local. Visitar emprendimientos inimaginables desde su punto de vista.
Así se produjo una suerte de descubrimiento entre los operadores de turismo y los llamados nacionales. Por ahora queda que los ofertantes se preparen mejor y confíen en los turistas locales, adecuándose a sus necesidades, sus intereses y sus posibilidades. Los demandantes aprenderán y se adaptarán a las reglas que les propongan si es que los responsables lo hacen de forma clara y precisa. Quizás es la mejor oportunidad de educar a los bolivianos en el turismo interno, en el cuidado del medio ambiente, la valorización y respeto de la riqueza natural, en el redescubrimiento de las vocaciones regionales, el crecimiento de autoestima y civismo. Los viajes son una gran escuela, podrían significar una ventana muy luminosa de aprecio y respeto a nuestras diversidades.
Lucía Sauma es periodista.






