Ante la posibilidad de una derrota aplastante en las urnas el próximo año, el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, está movilizando a sus seguidores para una batalla existencial contra las máquinas de votación. Acosado por el devastador número de víctimas del coronavirus, una economía tambaleante y un rival en ascenso, el Presidente ha lanzado un sórdido ataque contra el sistema de votación electrónica en el que Brasil ha confiado durante 25 años. A menos que los electores consigan registrar su elección en las boletas impresas, algo que el sistema actual no permite, Bolsonaro ha advertido que las elecciones de 2022 podrían suspenderse.
La posibilidad de un enfrentamiento desestabilizador el año próximo surgió el martes, cuando el gobierno de Bolsonaro organizó un desfile militar en el que tanques blindados pasaron frente al Congreso horas antes de que los legisladores tuvieran que debatir un proyecto de ley que requeriría máquinas de votación electrónica para imprimir boletas de papel. El martes a última hora, la Cámara de Diputados de Brasil votó en contra de la propuesta.
Sin embargo, la campaña para volver a un sistema de boletas de papel, una vieja obsesión de Bolsonaro, ha alarmado a los líderes del Poder Judicial, a los legisladores de la oposición y a los politólogos, que ven en sus estrategias los ingredientes de una toma de poder en la nación más grande de América Latina. Funcionarios electorales y expertos independientes dicen que el sistema de votación electrónica de Brasil, adoptado en 1996, tiene fuertes salvaguardas y un historial impecable.
Los críticos temen que, al igual que el presidente Donald Trump convenció a muchos partidarios de que le habían robado la victoria en 2020, Bolsonaro esté sentando las bases para disputar una derrota electoral en octubre de 2022.
Bolsonaro comenzó a despotricar contra el sistema de votación hace varios años, cuando era un diputado marginal y ultraconservador con poco poder o visibilidad en la capital. El asunto desapareció del radar político hasta que Bolsonaro emergió como el candidato presidencial favorito tras la primera ronda de votación en las elecciones de octubre de 2018. En lugar de celebrar su triunfo, Bolsonaro sorprendió a la clase política al afirmar que le habían robado una victoria absoluta, lo que habría requerido ganar más del 50% de los votos.
Incluso después de haber ganado las elecciones en 2018 con un margen de 10 puntos porcentuales, Bolsonaro siguió afirmando, sin presentar pruebas, que el sistema estaba amañado. Su búsqueda para desacreditar la integridad del sistema electoral se ha vuelto más ruidosa y audaz en las últimas semanas, debido a que Bolsonaro ha caído en las encuestas en medio de la creciente exasperación por el manejo gubernamental de la pandemia de coronavirus.
Los magistrados del STF se alarmaron ante los ataques de Bolsonaro contra el sistema de votación. A principios de este mes, el Tribunal abrió investigaciones sobre las afirmaciones del Presidente sobre el fraude en las máquinas de votación.
Los expertos afirman que las máquinas de votación en Brasil, donde el voto es obligatorio, cuentan con medidas de seguridad sólidas. No están conectadas a Internet, por lo que es prácticamente imposible hackearlas. La identidad de los votantes se verifica mediante un escáner biométrico que escanea la huella dactilar de la persona.
El gobierno del presidente Joe Biden también se mostró a favor del sistema actual. Los funcionarios estadounidenses dijeron tener “una gran confianza en la capacidad de las instituciones brasileñas para llevar a cabo unas elecciones libres y justas con las debidas salvaguardas contra el fraude”, declaró el lunes Juan González, director principal del Consejo Nacional de Seguridad de Estados Unidos para el Hemisferio Occidental. “Subrayamos la importancia de no minar la confianza en ese proceso”.
Flávia Milhorance y Ernesto Londoño son columnistas de The New York Times.






