Eran las siete de la mañana del martes 10 de agosto y la fila de personas era tan larga que desconcertaba. Una multitud se entremezclaba y hasta había olvidado toda medida de bioseguridad debido a la molestia por el anuncio de que no llegaría lo prometido: la segunda dosis de la vacuna Sputnik. Con los rostros cansados por la espera de horas, la población recuperó el hábito de la protesta y rápidamente se organizó. En medio del bullicio y los gritos, solo se escuchaba: “¡Bloqueemos la avenida!, ¡que no pasen los autos hasta que lleguen las vacunas!”
Y todo sucedió en un instante. Algunas personas se convirtieron en presa de la palabra y luego desaparecieron, mientras que otras ocuparon el lugar, en una pequeña revuelta social que recordó un pasado no muy lejano.
Se bloqueó la avenida y las bocinas de los automóviles ensordecían el ambiente; la gente se exaltaba cada vez más y nadie se retiraba del medio de la vía.
Así, la quietud inicial se trastocó en una expresión social que hasta pudo olvidar toda cordura, pues el número de personas furiosas se ampliaba. Reapareció la fuerza de la protesta social del ayer.
Un mito no es un objeto, un concepto o una idea, es una significación. Y en este caso el mito de la vacuna hizo que la protesta reflejara el derecho de las personas a expresarse, de forma incluso agresiva.
Una situación que nos llevó a pensar que la palabra crea mensajes, los cuales pueden servir para que un hecho se convierta en mítico. Fueron momentos que anularon la aseveración de que “sería hasta ilusorio pensar que la ciudadanía cambiaría de opinión posiblemente por la fuerza y el daño que trajo consigo la pandemia”.
En definitiva, las desinteligencias del proceso de vacunación colaboraron en el renacimiento de la revuelta de un pueblo molesto por el incumplimiento y temeroso del contagio. Todo por la defensa de su vida.
La conducta de una sociedad algunas veces es infinitamente sugestiva, sin embargo, no faltan motivos para la furia ciudadana.
Volviendo al caso aquí relatado, la protesta se apaciguó luego de que el Sedes llegó con las vacunas necesarias. Se retomó el distanciamiento entre las personas, nacieron los comentarios y cuando retornó la calma parecía que allí no había ocurrido nada.
De este modo, el mito de la vacuna habló con tal fuerza que no dejó de sorprender, todo lo contrario, demostró que la rebeldía de una población sale en los momentos que se requiere, pues el mito es una significación promovida por la sociedad.
Es inobjetable que hoy la vacuna se ha convertido en absolutamente necesaria por el universo de relatos sobre su importancia, por lo que no deja de ser requerida. En el caso de la Sputnik, pareciera que incluso se convirtió en el mito de la esperanza y la vida para una parte de la población que confía en su eficacia.
Por esa y otras razones la ciudadanía puede pasar de un estado silencioso a un estado oral y activo, lleno de expresiones hasta violentas, por reclamar su derecho a la salud.
Está claro que la unión hace la fuerza y eso es lo que se vio ese día martes, cuando la molestia y desesperanza de la gente logró que se hagan efectivos los compromisos de vacunación asumidos.
Experiencias como esas nos llevan a entender al lenguaje no solo como la unidad significativa, sino como el discurso y las reacciones de la población. En esa línea, solo nos queda confirmar que el habla no equivale a un mensaje necesariamente oral, pues lo que vimos fue un mito que logró hablar.
Patricia Vargas es arquitecta.






