Escuchar decir mamá a un bebé representa alegría, ese pequeño ser ya comenzó a hablar, dijo su primera palabra, la misma que en los labios de un adulto mayor se transforma en un signo de clamor, de angustia, de pedido de auxilio, de la profunda necesidad de asirse a la mano invisible de su madre, de acurrucarse en el inexistente seno materno para encontrar consuelo, para sentirse a salvo en el momento en que siente desprenderse de la vida.
Llegar a viejo en nuestra sociedad generalmente no es una señal de orgullo por el tiempo de haber servido diligente y cariñosamente a la familia, al barrio, a la ciudad, al país, en muchos casos suele ser una etapa en la que los nietos, los hijos, los colegas de trabajo más jóvenes, consideran que el tiempo de respeto se fue con la llegada de la espalda encorvada, la mano temblorosa que frecuentemente derrama la sopa, con la pesadez en los ojos que no resisten y se cierran en medio de una conversación. Todo esto se agrava si además esa persona llega a la vejez con una serie de dolencias que le obligan a depender de otros para continuar con su rutina diaria.
La sociedad y las familias bolivianas tienen la tarea pendiente de afrontar el trato a los adultos mayores porque, según los datos del Instituto Nacional de Estadística, la población en el país está en proceso de envejecimiento y con un tiempo mayor de vida. El INE señala que en 2020 los mayores de 60 años pasaron del millón y la esperanza de vida es de 70,5 años para los hombres y de 77,5 años para las mujeres.
En nuestro país existen leyes que protegen a los adultos mayores, lo que se necesita son políticas públicas que pongan en práctica esa normativa y aseguren la responsabilidad que tiene el Estado con la población adulta mayor proporcionando a las familias el apoyo que necesitan en su tarea de cuidado, otorgándoles educación y preparación para atender a una persona mayor, con inmovilidad y enfermedades, porque a pesar del cariño que se tenga a una persona, nada nos prepara para cuidar a un anciano que no puede valerse por sí mismo. Los adultos mayores tampoco se imaginaron siquiera que algún día verían hacerse añicos poco a poco, día tras día su fuerza y su dignidad, ellos también necesitan preparación profesional para enfrentar esa etapa de su vida. El Estado tiene que actuar asumiendo que la población es la principal riqueza de un país, que la vejez es sabiduría acumulada.
Lucía Sauma es periodista.






