Esta semana mis vecinas se han puesto más ruidosas que nunca. Desde el lunes han golpeado cacerolas, cantado estribillos, reventado petardos. No tienen ventanas que den a la calle, pero a través de las redes han hecho saber el motivo de su protesta: hace mucho que no hay justicia en el sistema carcelario. Pero ahora, además, nos han quitado también la igualdad.
Vivir cerca de la cárcel de mujeres no es tan malo como suena. El edificio es pequeño y anodino, sin rejas, sin carteles, nadie diría que es un recinto penitenciario. Desde lo alto de los edificios aledaños se ve, como mucho, ropa multicolor tendida a secar en azoteas y techos. Las señoras ahí recluidas lavan ropa para el vecindario y tejen lindas prendas que se venden a precios muy módicos.
Alguna vez mi trabajo audiovisual me llevó a visitarlas, a escuchar sus historias y saber que son como casi todas las mujeres en Bolivia: fuertes, sabias, resilientes, solidarias. La mayoría dice estar presa por su mala suerte, unas pocas reconocen sus errores, todas lamentan la injusticia.
Es una comunidad sui generis. Hay, como en todas partes, rencillas y miramientos, peleas y amistades, lágrimas y maledicencias. Como es común en las cárceles bolivianas, la organización es la clave de la convivencia. Si bien nunca faltan las desavenencias, en general las decisiones se toman en conjunto y se cumplen entre todas. La amalgama que sostiene la convivencia pacífica es la relativa horizontalidad de la vida cotidiana.
Claro: no todas vienen de la misma clase social, ni tienen la misma trayectoria. Hay todo tipo de historias, que se cargan como cadenas invisibles y marcan las relaciones, las costumbres y las confianzas. Pero una vez adentro del penal, las diferencias se disuelven relativamente: todas necesitamos sobrevivir, todas compartimos el sol, el frío, el cansancio y la pena. Todas estamos, finalmente, presas.
Por eso la rabia de estos días: se ha roto esa mínima norma de convivencia entre mis vecinas. Lo dicen en sus gritos: “Jeanine, no mientas, vives como reina”. Lo dicen en su carta: “Nosotras también somos mujeres, madres, hijas… nosotras también estamos con depresión severa, diabetes, cáncer, hipertensión, migrañas y por culpa de la señora Áñez ya no contamos con un consultorio médico para nuestra atención. Pedimos un trato igualitario, sin privilegios para nadie porque todas somos iguales”.
Muchas veces se confunde justicia e igualdad, y son dos cosas distintas aunque relacionadas. Justo es lo que corresponde, y hemos aprendido a creer que a todos nos corresponde lo mismo. Igual trato, iguales derechos, iguales obligaciones, iguales castigos. Si ambas estamos presas por haber cometido un delito, lo justo sería que tú y yo tengamos iguales condiciones de encierro. Quizás una de las dos esté presa más tiempo que la otra, de acuerdo con el crimen cometido y su sentencia. Pero fuera de esa diferencia, la cárcel se supone que nos iguala.
Pero sabemos que eso nunca pasa. Nuestras cárceles tienen pabellones diferenciados de acuerdo con cuánto pagas por tu “celda”. Hay presos que tienen refrigerador y televisión por cable, y otros que duermen a la intemperie. Hay presos que para comer deben trabajar de mensajeros o guardaespaldas, y quienes al no tener recursos para comprar su seguridad están sujetos a todo tipo de violencias. Nuestras cárceles son tan injustas y crueles como nuestra sociedad misma.
Lo justo sería que se iguale la situación de todos los presos hacia los estándares que Jeanine tiene. Celda individual con baño privado, visitas diarias de sus hijos, preocupación por su salud mental, además de la atención médica necesaria. Nadie debería estar tan desesperada como para pensar en suicidio. Ni la señora Áñez, ni ninguna de mis vecinas.
Verónica Córdova es cineasta.






