La toma del poder de los talibanes en Afganistán es, primero que nada, una tragedia para los afganos. Con justa razón, la atención del mundo se está centrando en tratar de ayudar a quienes intentan desesperadamente escapar del país y en preocuparse por quienes se han quedado en el territorio, en particular, las mujeres y las niñas.
Sin embargo, también es un fuerte impacto para Occidente. En Afganistán, Europa y Estados Unidos estaban unidos como nunca: fue la primera vez que se invocó el artículo 5 de la OTAN, según el cual todos los miembros se comprometen a defenderse entre sí. Y, durante muchos años, los europeos tuvieron un sólido compromiso militar y un importante programa de ayuda económica, equivalente a un total de 17.200 millones de euros ($us 20.300 millones).
No obstante, a final de cuentas, el momento y la naturaleza de la retirada se establecieron en Washington. Ahora los europeos estamos, no solo por la evacuación del aeropuerto de Kabul, sino también de una manera general, dependiendo de las decisiones de los estadounidenses.
Esto debería servir como una llamada de atención a cualquiera que le importe la alianza del Atlántico. Es comprensible que Estados Unidos ya no quiera hacer todo por su cuenta. Para ser un aliado más capaz, Europa debe invertir más en sus capacidades de seguridad y desarrollar la habilidad de pensar y actuar en términos estratégicos. Los sucesos en Afganistán han sido desgarradores. Sin embargo, deberían llevarnos a profundizar, no dividir, la alianza con Estados Unidos. Además, para fortalecer nuestra cooperación, Europa debe dar un paso al frente.
Para hacerlo, primero debemos tener un sentido compartido de las amenazas que enfrentamos y cuál es la mejor manera de abordarlas: una cultura estratégica compartida. Es un futuro incierto, lleno de amenazas en distintos ámbitos, entre ellos el ciberespacio, el mar y el espacio exterior. Por eso es vital que los europeos, ya sea en la OTAN, las Naciones Unidas o la Unión Europea, colaboren más en la defensa.
La tarea no podría ser más urgente. El regreso de los talibanes al poder trae consigo el riesgo de nuevos ataques terroristas, un crecimiento en el tráfico de drogas y una gran cantidad de migración irregular. Debemos ser firmes al combatir esas amenazas, así como al responder frente a un panorama regional distinto. China, Rusia e Irán tendrán una mayor influencia en la región, mientras que Pakistán, India, Turquía y las monarquías del Golfo se reposicionarán. No podemos permitirles ser los únicos interlocutores con Afganistán después de la retirada de Occidente. Europa, junto con Estados Unidos, debe reformular su compromiso.
Y, en particular, con los mismos talibanes. Después de que no evitamos que tomaran el control del país, ahora debemos lidiar con ellos, sopesando con cuidado nuestras opciones y trabajando en una estrategia internacional coordinada. Claro está, esto debe estar sujeto a condiciones claras sobre su comportamiento, en particular el respeto a los derechos humanos.
Pero además, debemos seguir apoyando al pueblo afgano, en especial a las minorías, las mujeres y las niñas. Y, aunque, será un desafío, tendremos que encontrar los mecanismos para introducir y repartir ayuda humanitaria, además de un salvoconducto seguro para quienes sienten que están bajo una amenaza inminente. Los acontecimientos en Afganistán no son una invitación para retroceder frente a otros desafíos. Por el contrario, deberían incentivar a Europa a profundizar sus alianzas y fortalecer su compromiso —y capacidad— para defender sus intereses. Algunos acontecimientos catalizan la historia: la debacle de Afganistán es uno de ellos. Los europeos debemos aprender esta lección.
Josep Borrell Fontelles es alto representante para asuntos exteriores y política de seguridad de la UE; columnista de The New York Times.






