Es un gastado estribillo aquel que se usa para calificar la política exterior estadounidense atribuyéndosele que “no tiene amigos, sino intereses”, pero en los últimos días, Washington fue aún más allá, cuando al decir del Ministro de Exteriores francés “le clavó un puñal en la espalda”, por conformar sigilosamente un pacto tripartito con el Reino Unido y Australia, el AUKUS, para asentar presencia en el área indo-pacífico, espacio de alta prioridad geopolítica que Francia creía —ingenuamente— le estaba reservado. Paralelamente, y dando cuenta con lo obrado, Canberra notificaba a París que daba por concluido “el contrato del siglo” suscrito en 2016 para la construcción de 12 submarinos que la empresa gala Naval Group estaba poniendo en marcha. Así, de la noche a la mañana, se volatilizaba ese negocio estimado en 56.000 millones de euros (al menos $us 64.000 millones), en favor de empresas americanas que en adelante se ocuparán de ese encargo, con un importante aditamento: la propulsión nuclear en esos navíos. La desagradable sorpresa escaló a la indignación y el Quai d’Orsay llamó a consultas a sus embajadores en Canberra y en Washington, gesto diplomático de alto simbolismo. Sin embargo, una vez disipada la emulsión hepática, la conversación telefónica entre los presidentes Macron y Biden terminó en aquel comunicado conjunto que dice de todo, menos que el contrato volvería a la Naval Group.
Ambos, el Gobierno y la opinión pública francesa, calificaron como afrenta humillante la actitud americano-australiana, un “sopapo” a la dignidad nacional y acusaron la marcada deslealtad de Washington con su aliado tradicional. Pero aparte del pleito por los reales, se juega la hegemonía geopolítica en el referido espacio, considerado de elevado valor estratégico, tanto que el AUKUS explica su contubernio aduciendo temor a la injerencia china en la zona. Por ello, Beijing manifestó también su desagrado por la troika que se incrustaba allí. Comentaristas más realistas arguyeron en la prensa francesa que ese complot reflejaba la cruda situación de Francia en el contexto internacional actual, cuyo poderío económico y militar difícilmente podría competir con ventaja frente a los Estados Unidos y a la China. Por lo tanto, deducen que Francia no vale mucho por sí sola, su impronta únicamente cobra fuerza con una Europa que arrope su presencia en el tinglado internacional.
Ante ese panorama, París se apresura a consolidar una aproximación con otro actor que, por sus propias razones, no desea depender ni de Beijing ni de Washington. Es la India, con sus 1.300 millones de habitantes y que, además, ya es cliente asiduo de la industria militar francesa (recientemente adquirió 36 aviones de combate Rafale y París podría ayudarle a montar lo que sería la más grande central nuclear del mundo, capaz de alimentar 70 millones de hogares indios en servicios eléctricos).
Otro actor no menos prescindible es Nueva Zelanda, cuya vecindad con Australia provoca aprehensión por la carga nuclear de los submarinos proyectados. Por este motivo Wellington ya declaró que prohibirá a esos navíos surcar sus aguas.
La importancia del espacio indo-pacífico se hace más evidente si se toma en cuenta que al horizonte de 2030, Australia, China, Corea del Sur, India, Indonesia y Japón tendrán un crecimiento que alcanzará a 60% del PIB mundial, con las rutas que le atraviesan, que son las más frecuentadas del planeta.
Todas esas escaramuzas llevan a pensar a los dirigentes europeos en la urgente necesidad de contar con una estructura de defensa independiente sin necesidad del paraguas americano.
Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.






