Hay dos crisis que afectan al mundo natural. La primera es el cambio climático. Sus causas y consecuencias potencialmente catastróficas son bien conocidas. La segunda crisis ha recibido mucha menos atención y es menos conocida, pero sigue requiriendo la atención urgente de los gobernantes mundiales. Se trata del colapso de la biodiversidad, la suma de todas las cosas que viven en el planeta.
A medida que las especies desaparecen y las complejas relaciones entre los seres vivos y los sistemas se desgastan y rompen, el creciente daño a la biodiversidad del mundo presenta graves riesgos para las sociedades humanas. La extinción de plantas y animales se está acelerando, se estima que va mil veces más rápido que los índices naturales anteriores a la aparición de los humanos.
El informe más reciente del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático advierte que el margen de maniobra para evitar los peores resultados climáticos se está reduciendo con rapidez. Pero la crisis de la biodiversidad es aún más inmediata y al menos igual de alarmante. Con el cambio climático, tenemos una estrategia factible, aunque imperfecta, para evitar los peores resultados. El mundo tiene que llegar a cero emisiones netas de gases de efecto invernadero para 2050, con la reducción de las emisiones y la eliminación del carbono de la atmósfera.
Pero para la crisis de la biodiversidad no existe un marco comparable. No hay soluciones tecnológicas para recuperar las especies que se extinguen. Y lo que es peor, algunas soluciones al cambio climático agravan la destrucción de la biodiversidad.
Este otoño, los líderes mundiales tienen dos oportunidades para actuar sobre la biodiversidad antes de que sea demasiado tarde en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en Glasgow y en una conferencia virtual de la ONU sobre biodiversidad.
En primer lugar, los dirigentes gubernamentales y empresariales deberían hacer un juramento similar al de Hipócrates para proteger el medioambiente. Este compromiso debería abarcar las decisiones de inversión, las prácticas empresariales y el gasto público, que incluya los subsidios a la industria.
Los gobiernos miden ahora las emisiones de dióxido de carbono y establecen objetivos y políticas para reducirlas. Del mismo modo, deben desarrollar estrategias para proteger la biosfera natural. Los que dañan la naturaleza deben ser penalizados; los que la protegen deben ser recompensados.
Los gobiernos también deben crear incentivos para impulsar el financiamiento del sector privado para proteger y restaurar la naturaleza, ya que los recursos que puede aportar el sector privado superan con creces los del sector público.
La conferencia sobre el cambio climático de Glasgow debería animar a todos los gobiernos a invertir en soluciones al cambio climático basadas en la naturaleza.
Con demasiada frecuencia se considera que los beneficios de la naturaleza son “gratuitos”. Este es un camino peligroso. Es mucho menos costoso proteger y conservar la naturaleza que restaurarla o sufrir las consecuencias de su destrucción.
La protección de la naturaleza tiene claros argumentos económicos, sanitarios y climáticos. Pero igual de importante es el argumento para preservar la naturaleza por su propio bien. Es una fuente de muchas cosas buenas de la vida: belleza, inspiración, innovación y curiosidad intelectual.
El mundo se encuentra en medio de uno de los episodios de extinción más explosivos de la historia. Pero también estamos experimentando una transformación cultural en la conciencia. He observado un nuevo sentido de urgencia en torno a las cuestiones de conservación de la naturaleza, un interés creciente en el campo de las finanzas verdes y sostenibles, así como un sentido renovado de que el esfuerzo colectivo puede marcar la diferencia. La combinación de estas fuerzas tiene el potencial de galvanizar el mundo.
Henry M. Paulson Jr. es fundador y presidente del Instituto Paulson, y columnista de The New York Times.






