El 18 de mayo, en la localidad tarijeña de Bermejo, un hombre halló el cadáver de un bebé en medio de la basura. El 11 de junio en la localidad cruceña de Charagua se encontró en un basural el cadáver de un bebé con el cordón umbilical atado a su cuello. El 9 de octubre, cerca del puente de la Ceja de El Alto, una bolsa verde contenía a un recién nacido asfixiado por un plástico donde estaba la placenta. Según un reporte de la Defensoría de la Niñez y Adolescencia en El Alto, cada mes, dos bebés quedan a su merced en bolsas que cuelgan de un árbol, en basureros o baños públicos, solo alguno logra sobrevivir. Estos recién nacidos son hijos no deseados, muchos de ellos producto de violaciones, hijos de la violencia.
¿Qué historia hay detrás de cada uno de estos nacimientos? ¿Qué pasó con la madre que asfixió a su bebé, lo metió en una bolsa y lo dejó en un basurero? ¿Qué pasó con el padre que concibió ese bebé? ¿Existe un padre? Porque no es lo mismo un progenitor que un violador. Como no es lo mismo un hijo deseado, que el fruto de la violencia, la fuerza bruta y la amenaza sobre una niña. Sobre ese delito no hay nada que defender, nada que debatir, no hay disculpa sobre el autor de la violación.
Claro que todo esto tiene que ver con el caso de la niña de 11 años que está embarazada como consecuencia de las agresiones sexuales que sufrió a cargo del padre de su padrastro. Lástima que esta niña embarazada fue descubierta durante los 40 días de campaña del Grupo Católico Pro Vida, que encontró en ella una causa para hacer vigilia en las puertas del hospital donde estaban la niña y su madre.
Quienes dicen que la niña en el futuro tendrá cargos de conciencia si se somete a una interrupción del embarazo, aún no se enteraron que los actos de la Santa Inquisición fueron crímenes injustificables, como las torturas que infligieron contra los acusados de herejía por ser estudiosos como Galileo Galilei, quien defendía que el Sol ocupa el centro del sistema solar y no la Tierra, idea que la Iglesia tardó 350 años en reconocer como cierta. Los inquisidores utilizaron a los niños para obtener pruebas contra sus padres, familiares y amigos. ¿Se preocuparon por los cargos de conciencia, que con razón deberían tener?
Los datos de los niños abandonados solo corroboran que la cuestión no es llegar al término del embarazo, esos niños fueron abortados o condenados a morir mucho antes de su nacimiento. Esta niña de 11 años no merece ser escarnio de nadie. Tampoco merece estar recluida en un centro de acogida viendo cómo crece su vientre, cómo se le hinchan los pies, cómo le sube la presión, cómo su vida da vueltas y todo se pone de cabeza sin que ella tenga ni la más mínima culpa. Ella es una niña.
Lucía Sauma es periodista.






