Cuando se creía que todo estaba dicho en las múltiples obras dedicadas a escudriñar la vida pública y privada de aquel enigmático presidente que fue François Mitterrand, apareció hace pocas semanas otra revelación biográfica titulada muy apropiadamente Le dernier secret (El último secreto), elocuente investigación realizada por Solenn de Royer, en 413 páginas (Ed. Grasset), quien presume que ya no surgirán más romances ignotos.
En perfecto ordenamiento, sin innecesaria cronología, combinando el diario íntimo de la protagonista con las confidencias vertidas a la autora, el recuento describe los últimos ocho años de Mitterrand intensamente vividos, hasta su muerte el 8 de enero de 1996, en ligamen amoroso con Claire (nombre cambiado), estudiante de 22 años que transita —apaciblemente— el puente de medio siglo que la separaba de aquel mandatario que peinaba las canas de sus 72 octubres.
Bajo el convenio conyugal de mutua independencia vigente con su esposa Danielle, ese periodo rosa fue quizá la más bella compensación que Mitterrand podía esperar para el final de su vida, aquejado de un cáncer a la próstata que mortificaba el reinado de 14 fructíferas anualidades de poder y de gloria. Leer sus intimidades de alcoba, me llevó al recuerdo del 19 de octubre de 1994, día en que le presenté las cartas credenciales como embajador de Bolivia, cuando observé su tez amarilla y un holgado traje cubriendo su anormal flacura, señales que sobrellevaba con majestad de estilo monárquico, verbo elegante y fina inteligencia. En el relato que comento, fue Claire quien sedujo a François fascinada por su personalidad. Es él quien alguna vez le pregunta en broma qué encuentras en mí, soy pequeño, viejo, fofo y calvo, y ella persiste en esos ocho años de pasión, atendiendo hasta dos veces por día los llamados telefónicos de su hombre siempre tierno, paternal, algunas veces celoso y hasta perverso en sus comentarios. Claire conserva en agendas, las fechas memorables, las horas y los minutos de los telefonemas, cuya minucia la autora transcribe selectivamente. Se narra también aquellos paseos por el barrio latino donde la doncella habita un pequeño apartamento en la rue du Four, esa primera cena a solas, ocasión en que el caudillo se amalgama con su enamorada. Claire evoca, además, los almuerzos, en aquella mesa arreglada para dos en la biblioteca del Palacio del Elíseo y el episodio en que inesperadamente se presentó Danielle a quien, serenamente, el presidente la invita a acompañarlos. Tanto Claire en su confesión, como la escritora en su revelación, mantienen remarcable pudor, hilvanando, más bien, una atípica temperatura de relación entre los amantes. Por mi parte, creo que, dadas las circunstancias etarias y otras aledañas, ese vínculo tan singular evolucionó en amor tántrico pleno de ternura y comprensión recíproca. En cambio, la pareja no se priva de concurrir ocasionalmente a conocidos restaurantes parisinos, donde anfitriones y curiosos confunden a la joven Claire con Mazarine, la furtiva hija adulterina de Mitterrand, comidilla de tanta chismografía local. Todos los datos en el libro están revisados y verificados, inclusive los inocuos regalos que intercambian los protagonistas. Llegado al término de su mandato, Mitterrand se traslada del Elíseo a un apartamento en 9 avenue Frederick Leplay y en ese trajín Claire guarda para sí, entre algunos mementos, copia del inventario de los libros acomodados en 10 cajas de cartón numeradas, un listado que testimonia la profusa erudición del líder socialista. La autora añade en su narrativa mucho detalle para corroborar la verisimilitud de la reseña. Opiniones políticas relevantes y diálogo trivial condimentan las charlas del dueto en decenas de encuentros. Pocos viajes, pero de imperecedera memoria perviven en Claire, incluyendo aquellos en el avión presidencial, asimismo ingenuas averiguaciones como esa en que Claire le indaga por el monto de su sueldo mensual (39.000 francos de la época) o en mayor sustancia si tenía miedo a la muerte. Grave indiscreción para aquel condenado a la pena capital por el cáncer. La resignación de François a esa fatalidad se explica por cuanto su padre y su hermano perecieron por igual dolencia. El postrer susurro verbal entre los amantes es premonitorio cuando ella le dice que lo extrañará esos cinco días de su vacación navideña y él replica que lo extrañará aún más durante 60 años, cuando desaparezca.
Párrafos que mueven a la conmiseración más plena, son aquellos que relata Claire sobre los instantes en que, anoticiada de su fallecimiento, recurre presurosa al lecho mortal y contempla devastada el inerte rostro de su amado. Tuvieron que pasar 25 largos años para que Claire, hoy mujer madura (57) y madre de dos hijos, se anime a confesar ese amasiato que pasará a alimentar la petite histoire tan apetecida por los franceses habituados a fisgonear la cama de reyes y reinas, emperadores, presidentes y celebridades, todos ellos tan poco afectos a la castidad.
Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.






