Aparentemente las cosas más sencillas y lógicas son a veces las más difíciles de comprender y cambiar. Ello debido a que vivimos sumergidos en una realidad que damos por sentada gracias a nuestros modelos mentales dominantes. Creo que la siguiente fabula es más elocuente al respecto.
Dos peces nadaban en una pecera. “¿Sabes qué?”, preguntó uno de ellos. “No, dime”, respondió el otro. “Estaba conversando con la rana el otro día, y me dijo que estamos rodeados por agua. Aparentemente ¡vivimos en ella!” Su amigo lo miró con gran escepticismo y dijo: “¿Agua? ¿Qué es eso? ¡Muéstrame el agua!”.
Justamente los modelos mentales son como el agua. Nos inundan de manera tal que no nos damos cuenta de que lo que pensamos y hacemos no es más que el reflejo automático de pensamientos y comportamientos naturalizados que no siempre son positivos. Es ese justamente el dilema del cambio climático: no las consecuencias destructivas del calentamiento global en sí mismas, sino las mentalidades y hábitos individuales y colectivos que permiten que éstas sigan ocurriendo.
Hace pocos días, el mundo fue testigo de la realización de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Cambio Climático, donde más de 130 jefes de Estado discutieron la principal amenaza que se cierne sobre la humanidad. Desafío que no solo estriba en mantener la temperatura global bajo control y por debajo de los 1,5 ºC, sino evitar la inminente ruptura de los límites naturales esenciales que hacen posible la existencia misma de la vida en nuestro planeta.
Justamente hace muy poco el prestigioso naturalista británico David Attenborough presentó un documental denominado Romper los límites: La ciencia de nuestro planeta, en el que descifra los nueve límites que la humanidad está cruzando hacia un punto sin retorno. Límites identificados por el Centro de Resiliencia de Estocolmo y que incluyen el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, el cambio del uso del suelo para agricultura y ganadería masiva, la reducción del ozono, el mal uso de agua dulce, entre otros.
Dado el estado de la cuestión, ¿cuál es el balance de este cónclave internacional? Muchos opinan que nada halagador. Si bien la meta de los 1,5 ºC se mantiene y por primera vez se reconoce que el uso del carbón es nuestro principal enemigo, el lobby realizado por la megadelegación de la industria de energías tradicionales (503 personas) convirtió el evento en un papel mojado. Así, el denominado Pacto Climático de Glasgow no logró que los países del G20 —que son responsables del 80% de las emisiones— se comprometan con metas más ambiciosas en el corto plazo, ni aseguraron el financiamiento climático de los $us 100.000 millones prometidos, tampoco dieron un paso atrás en el subsidio a los combustibles fósiles u ofrecieron planes concretos para eliminar el uso de carbón.
No obstante, el logro más importante de este encuentro es que hoy sabemos que nosotros somos parte de la respuesta al dilema. De espectadores de la catástrofe, la sociedad civil ha pasado a ser parte de la sumatoria de voluntades por el cambio. La gran movilización social que se vio en Glasgow y el mundo nos permite comenzar a escurrir el “agua de la pecera” en la que vivimos y comenzar a entender que la “normalización” de nuestros hábitos de consumo es la peor amenaza del planeta. Si el liderazgo global nos ha fallado, nuestro liderazgo individual puede salvarnos. Acciones individuales y cotidianas como dejar de comprar productos dañinos, cambiar nuestros hábitos alimentarios, reutilizar y reciclar plásticos y/o simplemente comenzar a no usar el transporte público y caminar más, quizás solo pueden agregar algunos “femtosegundos” a la vida del planeta, pero si son actos compartidos darán tiempo y oxígeno al planeta hasta que los gobiernos tengan el valor de cumplir sus obligaciones.
Franz Zubieta Mariscal es abogado especialista en Derecho Internacional.






