Una pregunta recorre a lo largo de la teoría y la realidad económica: ¿por qué los precios de las mercancías manufacturadas en el primer mundo no bajan dado su enorme desarrollo tecnológico? Porque controlan el valor y el precio, dado que son empresas monopólicas y, además, porque, como dice Prebisch, cada vez van innovando más bienes y servicios, abarcando mercancías cada vez más sofisticadas y nuevas.
Para realizar un análisis de esto y visibilizar sus enormes consecuencias debemos considerar la unidad inquebrantable de la producción y el mercado.
El primer mundo industrializado tiene como resultado, luego de la pandemia del COVID-19, una tecnologización, una automatización y una inteligencia artificial con enormes consecuencias para la periferia latinoamericana y, sobre todo, para Bolivia. Cabe indicar que los países industrializados ya padecían de graves problemas económicos que se relacionan con la naturaleza de su crecimiento, que tiene como cualidad principal el incremento de la desigualdad que, a su vez, está enlazada con la automatización, la globalización y el decrecimiento del poder de la fuerza de trabajo frente al capital antes de la pandemia y que ahora, a puertas de salir de ella, puede tener consecuencias impredecibles para el mundo. Esta forma de crecimiento tiene como consecuencia una mayor desigualdad en el ingreso porque es destructora neta de empleo —una composición orgánica del capital creciente— y se constituye en el origen de los trastornos económicos.
Estos desarrollos de la tecnología no están dirigidas precisamente a la producción de mercancías. Existe una monopolización del uso y la creación de tecnología por parte de gigantescas empresas como Netflix, Amazon, Facebook, etc., precisamente no dirigida a la parte productiva, generadora de valor. Este desarrollo del primer mundo tiene entre sus características principales el no incrementar la productividad, esto es reducir el tiempo de trabajo para producir una mercancía, reducir los costos laborales, lo que tiene implicaciones importantes en la determinación de la magnitud del valor, ya que su influencia se limita a fijar el precio en el mercado. Por eso el valor no varía a la baja y, además, porque el valor determinado de esta forma es complementado con el poder monopólico de las grandes empresas para fijar el precio en el mercado.
En ese marco, ante una tecnificación exagerada y sin dirección de los países desarrollados, las naciones latinoamericanas, y especialmente Bolivia, tienen el desafío de pensar en su propio desarrollo, que puede ser considerado una reacción frente al estrangulamiento externo en Bolivia. Una forma de enfrentarlo es reverdecer la idea de hace décadas, la de la industrialización por sustitución de importaciones en el amplio marco del mercado mundial, y de una reconstrucción de la economía post COVID-19 pero, obviamente, sin reproducir al pie de la letra lo que se aplicó, sino adecuándola a las condiciones actuales de la economía global, donde la competencia es salvaje y no escatima esfuerzos a la hora de fijar los precios de las mercancías en los mercados de la aldea global.
Entonces, ante los cambios tecnológicos de los países desarrollados, los precios de los bienes manufacturados simples y complejos no descienden a pesar de existir un enorme crecimiento de la tecnología, la automatización y la inteligencia artificial. Esto nos obliga a inferir que existe un mayor deterioro de los términos de intercambio, concepto que nos brindó la CEPAL. Son elementos que fuerzan a reflexionar sobre el futuro de la economía boliviana y la urgencia de plantear una forma de industrializar el país a través de la sustitución de importaciones, caso contrario será demasiado tarde.
Efraín Huanca Quisbert es economista.






