Entre los pensadores sociales y los responsables políticos existe una larga tradición de tratar a los trabajadores como máquinas andantes y parlantes que convierten las calorías en trabajo y el trabajo en mercancías que se venden en el mercado. En el capitalismo, la comida es importante porque proporciona combustible a la mano de obra. En esta línea de pensamiento, el disfrute de la comida es, en el mejor de los casos, una distracción y a menudo una peligrosa invitación a la indolencia.
Los legisladores estadounidenses gruñones que quieren prohibir el uso de vales de comida para comprar comida chatarra son parte de un largo linaje que se remonta a las casas de trabajo victorianas, que se aseguraban de que la comida nunca fuera lo suficientemente atractiva para fomentar la pereza. Esa continua obsesión de tratar a las personas de la clase trabajadora como máquinas eficientes para convertir los nutrientes en producción es lo que explica por qué tantos gobiernos insisten en regalar bolsas de granos a los pobres en lugar de dinero que pudieran despilfarrar. Esto infantiliza a los pobres y, salvo en circunstancias muy especiales, no mejora en nada la nutrición.
El placer de comer, por no hablar de cocinar, no tiene cabida en esta narrativa. Y la idea de que si los trabajadores supieran lo que es bueno para ellos buscarían más comida como combustible es una visión muy limitada de la experiencia alimentaria de la mayor parte del mundo. Como sabe cualquiera que haya sido pobre o haya pasado tiempo con gente pobre, comer algo especial es una fuente de gran emoción. Como lo es para todo el mundo. Al llegar al final de este año tan oscuro y decepcionante, después de casi dos años de pandemia, todos necesitamos la alegría de un festín, ya sea real o metafórico.
Cada pueblo tiene sus días de fiesta y sus comidas especiales. Personas de todo el espectro socioeconómico han adaptado estas celebraciones como oportunidades para también darse un banquete. Barato, nutritivo y monótono es lo que la mayoría de la gente come a diario. Un despilfarro ocasional en algo delicioso, una comida que entusiasme al paladar, hace que sea más fácil seguir adelante.
En esta temporada de fiestas, es probable que esa alegría momentánea se sienta en particular esencial. La mayoría de nosotros hemos tenido motivos de preocupación, ya se trate de nuestros hijos y padres, nosotros mismos o el rumbo del mundo. Este año muchos han perdido amigos y familiares, trabajos y negocios. Muchos han pasado meses trabajando en la tierra de Zoom, languideciendo aun cuando se sintieran afortunados de tener trabajo.
Existe una necesidad generalizada de volver a conectar con todas las cosas que hacen que la vida valga la pena, y ¿qué mejor momento que éste? ¿Qué mejor manera que con un banquete? Ahora bien, es fácil volverse sentencioso y moralista con respecto a las fiestas, incluso para alguien que no es nada religioso, como yo. ¿Por qué tiene que haber tanto consumo? ¿Acaso la fiesta desenfrenada no tiene algo de vulgar e indolente? ¿Qué pasa con los verdaderos significados de la Navidad y la Hanukkah? ¿Qué pasa con la vida del espíritu?
Comer, beber, la comunidad y el calor son el origen de estas fiestas. Por supuesto, hay muchas personas que no podrán celebrar las fiestas en comunidad. La variante Ómicron del coronavirus y la creciente ola de infecciones que ha traído consigo han frustrado las esperanzas de una temporada festiva más normal, y la gente está dudando en viajar o reunirse frente a una mesa.
Pero vale la pena recordar que una celebración no requiere un pavo rostizado de 4 kilos o un cabrito en el asador. Quizá lo único a lo que podemos comprometernos este año sea a hacer algo especial para nosotros mismos, un festín para el espíritu. Puede ser una comida, sí, pero también podría ser una larga llamada telefónica con un viejo amigo, ambos dispuestos a actuar como tontos y reírse mucho. Para entrar en la mentalidad de la fiesta, lo importante es hacer algo que no sea lo habitual, algo que se sienta especial y fastuoso.
Abhijit Banerjee es premio Nobel en Ciencias Económicas y columnista de The New York Times.






