El panorama internacional a comienzos de 2022 contiene más factores negativos y tendencias preocupantes que el año pasado, cuando imperaba cierto optimismo por el alto crecimiento económico comparado con la profunda caída ocurrida en 2020. Había también una cierta expectativa de que la vacunación masiva podría dar lugar a la transformación próxima de la pandemia del COVID-19 en una epidemia como otras muchas conocidas. La variante Ómicron ha disipado sin embargo tales expectativas, al igual que se han puesto en evidencia las profundas asimetrías en la distribución internacional de las vacunas y los obstáculos internos en contra de las vacunas.
Por otra parte, las previsiones de crecimiento económico para este año son considerablemente menores que las del rebote del año anterior, especialmente en el caso de los Estados Unidos y de China. A eso se suman importantes presiones inflacionarias en los países industrializados; perturbaciones difíciles de resolver a corto plazo en las cadenas internacionales de suministros, así como tensiones geopolíticas en el campo de la energía, que responden, entre otras cosas, a los compromisos del paulatino abandono de los combustibles fósiles por fuentes renovables de energía a nivel global.
Incide también como un nuevo factor de incertidumbre internacional el anuncio de cambios en las políticas monetarias de los Estados Unidos y otros países desarrollados, consistentes en el aumento de las tasas de interés y la finalización de los apoyos fiscales y monetarios destinados a sostener el empleo y los ingresos durante las cuarentenas. El alza de las tasas de interés podría ocasionar en efecto importantes salidas de capitales de las economías latinoamericanas, y encarecer sustancialmente el costo del financiamiento externo, en una coyuntura particularmente crítica para la región.
Tampoco se puede soslayar en términos de un nuevo factor de tensiones e incertidumbres, el hecho de que la desigualdad internacional se haya profundizado en los términos que menciona el reciente informe de Oxfam: la riqueza de las diez personas más ricas del mundo se ha duplicado, mientras que los ingresos del 99% de la humanidad se habrían deteriorado severamente a causa del COVID. En ese contexto, el aumento de la desigualdad y el retroceso de los indicadores de pobreza son particularmente graves en el caso de América Latina, como indica el último “Panorama Social de América Latina y el Caribe” de la CEPAL.
Todo lo anterior adquiere su verdadera gravedad, en vista de las recientes tensiones militares surgidas entre Ucrania, Rusia y los países de la OTAN, que llevan a un nuevo nivel los riesgos de la seguridad en el mundo, y podrían repercutir en América Latina, como han alertado voceros de Rusia ante la perspectiva de que se apliquen sanciones a su país o se instalen fuerzas militares en sus fronteras.
Sería sumamente peligroso que, a las divisiones ya existentes en la región latinoamericana, se añadan ahora alineamientos internacionales que separen a la región en función de alianzas con bloques confrontados a nivel global, con riesgo de escalar hacia una Guerra Fría de consecuencias impredecibles.
América Latina debería defender en cambio su condición de zona de paz y aprovechar sus fortalezas intrínsecas para aumentar su capacidad negociadora, a fin de que, junto con la Unión Europea y otras agrupaciones regionales, se desplieguen iniciativas conjuntas en el ámbito de las Naciones Unidas con miras a que sea éste el escenario en el que puedan llevarse a cabo las negociaciones diplomáticas conducentes a resolver los mencionados conflictos en términos pacíficos.
El peor de los escenarios consistiría en que las tareas urgentes de desarrollo de América Latina se vean postergadas mientras se restablezca un orden internacional equilibrado y cooperativo.
Horst Grebe es economista.







