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Si digo ‘indio’, ¿soy racista?

Siendo niño asistí a presentaciones teatrales donde Jenny Serrano se llevaba aplausos y risas representando a una chola en la ciudad: la Satuca. Yo la amaba, me causaba risa y para mí era lo mejor del espectáculo. Incluso me emocioné cuando ella anunció que participaría en el programa de Tinelli. Allí, sin embargo, no causó […]

TRIBUNA
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Por Juan P. Vargas
TRIBUNA
La Paz / febrero 22, 2022
en Voces

Siendo niño asistí a presentaciones teatrales donde Jenny Serrano se llevaba aplausos y risas representando a una chola en la ciudad: la Satuca. Yo la amaba, me causaba risa y para mí era lo mejor del espectáculo. Incluso me emocioné cuando ella anunció que participaría en el programa de Tinelli. Allí, sin embargo, no causó el mismo estruendo que lograba en Bolivia, al contrario, sus chistes marcaron silencio. Sucedía que su humor se construía en la imitación burlesca del español hablado con acento aymara y las vicisitudes de una empleada doméstica. En Argentina no tenía la complicidad racista del pueblo paceño blancoide que asistía a los espectáculos predispuesto a reírse del indio.

Gran parte de los clasemedieros bolivianos hemos crecido con ese racismo naturalizado, donde el humor viene con dichas significaciones. Estos usos racializadores de la lengua llegan al punto de establecer palabras aymaras o quechuas como insultos. He escuchado comentarios educadores como “pareces lluqalla de la calle”, donde lluqalla (“muchacho”, en quechua) significa chico sucio y maleducado. Caso que resulta más significativo al constatar que el Diccionario reconoce “llocalla” con el significado de “muchacho nativo”: no una traducción o significado en igualdad de condiciones, sino desde el poder de referirse a otra lengua como algo nativo (en el entendido de lo otro a la civilización occidental).

Estos usos de la lengua no se restringen al ámbito social, también los vemos en el estético. En 2020, Giovanna Rivero, publicó Tierra fresca de su tumba, libro de cuentos que se convirtió en una obra de Bolivia para el mundo. El cuento que abre el volumen es una gran representación del poder patriarcal sobre el cuerpo femenino: Elise es violada en su comunidad menonita y, además de ser vista como culpable (pues “tentó al diablo”), queda embarazada y tiene que migrar de lugar. El cuento llega a un clímax donde Walter Lowen (su padre) renuncia a sus creencias y hace que un indio ofrezca al violador en ofrenda a la Pachamama. La imagen final del cuento es la mujer triunfante ante una venganza merecida y consumada.

Si lo leemos desde la visión del feminismo blanco (como lo ha leído la crítica desde su publicación) es un gran cuento. Pero quiero hacer hincapié en otro aspecto: la voz narrativa recalca que a Elise le gusta el olor a coca que emana del indio, y más adelante, vemos que ella desearía haber migrado al Altiplano. En su mente imagina que, si viviesen en El Alto, “nada habría quedado impune. Los hombres se habrían alzado llenos de coraje y hambre de lobos, y las mujeres, ésas peor, ésas sí”. Claramente, hay una admiración por el mundo indio y un deseo de pertenecer a él.

Sin embargo, esta admiración se representa meramente en el plano de los personajes, y no viene acompañada en el manejo del lenguaje e imagen textual. El único personaje indio del cuento es también el único sin nombre y sin desarrollo. Conocemos los nombres, historia y sentimientos de Elise, de su padre e incluso del violador, mientras que el indio aparece reducido a la encarnación de una fuerza de trabajo (“hombrecito de facciones contundentes”), a sus impulsos sexuales (observa deleitoso un “breve desfile de colegialas”) y a la fuerza religiosa que les permite ejecutar su venganza (“Tranquila estarás, Pachamama”). Esta forma de narrar continúa aquello que R. Rodríguez y E. Monasterios denominaron narrador heterogéneo y “problemático” en su lectura de Raza de bronce. Al narrador de Arguedas el mundo indio le resulta ajeno a un nivel que le es imposible representarlo sin juicios de valor que desautoricen la visión aymara del mundo, porque no la considera compatible con el mundo racional, civilizado y moderno al que representa.

Raza de bronce ha sido vista como la gran épica de defensa del indio y hoy tenemos claro que dicha defensa está solamente en el plano del significante, sin construir significados y representaciones verbales que la acompañen. El conflicto es que, como bolivianos, debería llamarnos la atención el hecho de que una novela de 1919 y un cuento de 2020 tengan una coincidencia de tal naturaleza en su representación del indio. A la pregunta: ¿Si digo “indio”, soy racista? La respuesta: Depende. Si la palabra implica un significado de reivindicación e identidad, o una visión señorial y colonial que ve en lo indio una ajenidad y una otredad imposibles de habitar y respetar.

Juan P. Vargas es literato.

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