Los franceses lo llaman “flâneur”. Es la persona que vagabundea, callejea y se pierde por la ciudad, sin ton ni son. El paseante ocioso camina por las calles como lo haría por la selva, atento al hallazgo. Decía Walter Benjamin en Poesía y capitalismo que “va a hacer botánica al asfalto”. Los caminos, sean de arena, piedra, lodo o cristal, fueron hechos a la medida de nuestro cuerpo. Andar es otra curva del cuerpo.
La ciudad no está fuera de nosotros, sino dentro. No existiría sin sus personajes; los de ayer, los de hoy y los de mañana. Para caminarla hace falta tiempo para perder(se). Es necesario dejar el adictivo “teléfono inteligente” en casa y salir a leer las señales, los nombres de las calles y sus errores. A la calle Severino Zapata, héroe de la invasión chilena al departamento Litoral, un burócrata de la alcaldía un día la renombró como calle Emiliano Zapata. Y el poeta Oscar Cerruto otro día levantóse convertido en “Cerrito” en una calle del barrio de Obrajes.
Toda ciudad tiene sus polos magnéticos — eternas líneas de fuga— hacia los que el “flâneur” dirige sus primeros pasos. En pleno encierro pandémico, mi polo sur fue la Avenida del Poeta, una pequeña selva en medio de la urbe. Los columpios —espacios lúdicos de libertad— frente a la estación del Teleférico evocaban mi infancia, aprovisionaban el baúl de mis recuerdos. Toda ciudad es subjetiva.
Otra forma de curarse es recorrer las calles dejándose ir a la deriva, como hacían los surrealistas a principios del siglo pasado. Décadas después, los situacionistas agarraron el relevo y resucitaron el azar para sentirse como en casa entre fachada y fachada, esperando a la vuelta de la esquina lo mejor y lo peor. Una tarde bajando por Llojeta, comarca de pintores y suicidas, seis perros gigantescos se abalanzaron sobre mí sin causa aparente. La fábrica Delizia fue mi refugio pasajero. Desde ese día son mis helados favoritos.
El “flâneur” es un cuentista en potencia, un periodista, un cazador de anécdotas, un detective. Vuelvo a don Walter para recordar que la novela policiaca nace en la ciudad. El caminante sin prisa escucha conversaciones fragmentadas que salen de los minibuses, ata cabos, extraña las caras conocidas mientras olvida que la Tierra es redonda. Leo en los diarios de Henry-David Thoreau, en la fecha del dos de julio de 1858, que “un río en una ciudad es como una isla que un buen día decide viajar por el mundo; rápida corriente, ala ligeramente temblorosa, las ciudades con río son ciudades con alas”. Si el bueno de Thoreau tiene razón (siempre la tiene), La Paz no es solo la ciudad de los cielos/cerros, la ciudad de los ríos; es la ciudad alada. Y por ella van volando nuestros cuerpos con sus curvas.
Caminar por Chuquiago Marka no es fácil. Es una experiencia de riesgo. Las aceras han sido bombardeadas en alguna guerra ya olvidada. Cuando llueve (siempre llueve en febrero), un adoquín mal encajado es la trampa más peligrosa. La proximidad de los carros y sus bocinas asesinas, la ausencia de pasos de cebra (ahora repintados por hermanos venezolanos), los bloqueos a salto de mata, los altoparlantes de los comercios y las perdidas/invadidas veredas convierten al peatón en un contorsionista, en un funambulista, en un personaje de circo ambulante. Nota mental: el Circo Jumbo — con los payasos “Pocholín”, “Panetón” y “Uculule”— está parqueado estos días en la Ceja de El Alto. Cuando mi “amatxu” llegó desde Bilbao a visitarme hace unos cuantos años, la mayor amenaza era cruzar la plaza San Francisco. Podíamos estar horas esperando el momento adecuado, aguardando un silencio en el bullicio. Con el paso de los días, terminó graduándose de acróbata sin miedo.
La Paz es sinónimo de guerra, de ruidos por doquier, de sirenas de ambulancia atrapada en trancadera. El estrépito no se calla ni con fusil ni con metralla, solo en los cementerios reina el silencio. Bajo caminando por la Kantutani (todos nos hemos olvidado de su verdadero nombre: avenida Bernardino Bilbao Rioja, héroe del Kilómetro Siete) y llego tras trece curvas al Cementerio Jardín. Es un breve retiro alejado del mundanal ruido, es un momento de reposo. Escucho a los mirlos de nuevo como en los largos días del encierro pandémico. El tiempo se ha detenido otra vez. Leo los epitafios, los nombres, las fechas del nacer y del morir. Me acuerdo de los amigos que están bajo la tierra leve. Trepo de regreso a la ciudad agitada, vuelvo a la vida, estoy seguro de que he salido de casa.
Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.







