Es un lugar común sostener que la primera víctima de toda guerra es la verdad. Las verdades, más bien, pues no hay una sola. O mejor: las diferentes versiones de esas verdades, que pronto y de mal modo engrosan las filas de los contendientes. En el escenario de una guerra, pues, parece difícil ser objetivo o “mantenerse neutral”. Veamos sino la (des)información y, en especial, las falsedades que circulan hoy en torno a la deplorable invasión de Ucrania.
Un grupo de especialistas identificó que durante los primeros cinco días del conflicto se difundieron más de 500 noticias falsas. Nada menos. Estos bulos circulan como “evidencia” en redes sociodigitales y mensajería instantánea. Y tienen presencia incluso en medios, que se supone son más “serios” (sic). Lo crítico es que, más allá de lo poco que puedan hacer las verificadoras, tales falsedades son fabricadas, se comparten profusamente y pueblan la opinión pública.
El recuento es abrumador: centenas de videos, imágenes y montajes de otros lugares y momentos se hacen pasar como si correspondiesen al ataque ruso contra Ucrania. Avión derribado en Libia en 2011, protesta en Austria contra el cambio climático, hechos de 2014 en Ucrania, explosión en Beirut, documental sobre la guerra en el Donbás, niña herida en Palestina, falsa portada del Time y hasta un simulador de combates y un videojuego. Todo sirve para fines de manipulación.
En general, parece difícil hacer algo contra los bulos. Pero el asunto es más grave cuando la desinformación proviene de fuentes oficiales y está en la agenda de los grandes medios y agencias informativas. Bastará recordar que la invasión de Estados Unidos/OTAN contra Irak, que produjo más de un millón de muertes, se sustentó en la gran mentira de que había “armas de destrucción masiva”. Casi todos los medios y voceros se compraron y repitieron dicha versión.
También está la censura, claro, en primera línea. En nombre de la libertad, la verdad y la democracia, la Unión Europea prohibió en su territorio las señales de medios como RT y programas como ¡Ahí les va! Algo similar está haciendo Rusia con medios extranjeros y redes. Ni hablemos de la abusiva acción de Twitter, que etiqueta (y por tanto estigmatiza) a medios y periodistas como “afiliados al gobierno, Rusia”. Hasta ahora nadie aparece como “afiliado a la OTAN”.
Si la primera víctima de una guerra es la verdad, lo menos que podemos exigir es que se multipliquen las fuentes para ampliar el acceso a la información y formar libremente nuestro criterio. El no a la guerra, a ninguna guerra (incluidos países que no son “relativamente civilizados, relativamente europeos”), requiere menos armas y muchas voces.
FadoCracia marxista
1. “Soy marxista leminista”, escupió un diputado del MAS-IPSP en respuesta a las críticas que recibió por su declarado apoyo a Rusia. 2. Lo de “leminista” es una innovación. Hubo un tiempo en que podías ser marxista leninista a secas, marxista de la tendencia Groucho y/o lenonista con sede en Liverpool. También estaban los maoístas y los guevaristas, amén de los trotskistas. 3. Mi aproximación al marxismo leninismo, como obra, en tanto proyecto de transformación, se produjo en los pasillos universitarios. Había que leer El capital y dominar el materialismo histórico. Había que ser revolucionario. Me nutrí también del pensamiento virisiano (tremendo Neptal Viris) y luego hasta me supuse gramsciano. 4. Claro que, en realidad, aunque llegué tarde a la lucha armada, yo quería “ser como el Che”. Es un decir, pues en mi cabecera habitaba Augusto César Sandino. 5. Sospecho que en algún momento el muro se derrumbó sobre mi cabeza. Y me limité a latir, siempre a la izquierda. Si algo toca ser hoy, solo puedo declararme saramaguiano: “cuanto más viejo, más libre; cuanto más libre, más radical”.
José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.







