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Todos venimos de una chola

La mamá Tomy era cholita, he visto su foto en la mesa de Todos Santos, me dijo mi prima una vez, cuando éramos pequeños. A nosotros nos enseñaron que se dice cholita, no chola. Crecí creyendo que en el diminutivo había una muestra de respeto e inclusión. En este caso, sin embargo, el sufijo –ita […]

TRIBUNA
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Por Juan P. Vargas
TRIBUNA
La Paz / marzo 8, 2022
en Voces

La mamá Tomy era cholita, he visto su foto en la mesa de Todos Santos, me dijo mi prima una vez, cuando éramos pequeños. A nosotros nos enseñaron que se dice cholita, no chola. Crecí creyendo que en el diminutivo había una muestra de respeto e inclusión. En este caso, sin embargo, el sufijo –ita es signo de paternalismo: el hablante se ve con el poder de empequeñecer a la persona a quien menciona. Para la RAE, cholo significa: “mestizo de sangre europea e indígena”; para un boliviano promedio, cholo es sinónimo de indio. En Bolivia creemos que uno no es racista por decir cholita: se ha naturalizado que el término chola es despectivo y que le quitamos la carga discriminatoria con el diminutivo. Al hacerlo, sin embargo, caemos en la infantilización de la persona, viéndola como alguien inferior. ¿Qué hacemos entonces? ¿Cómo le quitamos el significado peyorativo a la palabra chola, sin caer en paternalismos discriminatorios?

Varios años traté, cada primero de noviembre, de encontrar la foto de mi mamá Tomy: necesitaba verla porque en el fondo yo no creía provenir de una chola. Ella hablaba aymara, era comerciante y en algún momento de su vida decidió no heredar la pollera a sus hijas. Sin saberlo, mi mamá Tomy inició (o continuó) un proceso familiar de blanqueamiento cultural. Sus hijos crecieron bilingües, aunque, cuando les llegó el turno, decidieron no heredar el aymara a la siguiente generación. Fue así, que mi abuela y sus hermanos crecieron con una sola lengua: el español. Las prácticas culturales fueron el último eslabón eliminado en el proceso: mi mamá y sus hermanos crecieron viendo a mi abuela ch’allar y q’oar, pero no aprendieron las prácticas y no las continuaron. Mi generación creció ya con una noción de los indios como los otros, los ignorantes y los humildes. Por ello me costaba creer, a los siete años, que mi tatarabuela había sido chola.

Del lado paterno de mi familia la historia es distinta. Mi bisabuela contaba que una pareja de alemanes había llegado de visita a La Paz. Su hija se había enamorado de un indio, anunciando que se quedaría con él, debido a lo cual su madre le habría lanzado una maldición: Maldita serás hasta tu quinta generación. Mi bisabuela era la sexta, yo sería la novena; sin importar las generaciones, esas gotas de sangre alemana afectaron más la identidad que cualquier marca no blanca que hubiese, porque separaban a la familia de los indios (a pesar de que un indio está en el mito de origen como padre silenciado). Mi bisabuela se encargaba de que todos conocieran la historia, remarcando dos cosas: su ascendencia alemana y la moraleja: si te casas con un indio estarás maldito. A pesar de esto, ella hablaba español y aymara, prendía velas a una ñatita y le echaba alcoholcito a la Pachamama: vivía con una serie de prácticas religiosas y culturales que yo no heredé.

Al final, haber sido criado como blanco en Bolivia implica ser producto también de la violencia racializadora. Mi color de piel resulta símbolo de la violencia racial vivida por mis antepasados que pusieron mucho esfuerzo por que mi generación no la experimente. Recién alguien me dijo: No es que te juzgue, pero tú, siendo un hombre blanco, ¿puedes hablar de racismo? Mi respuesta inmediata fue: No soy blanco. Posiblemente en otra época habría respondido lo contrario: sucede que hoy entiendo que lo blanco no es la cantidad de melanina que se tenga en la piel, es una concepción cultural y una forma de ver el mundo. Muchos, como individuos, hemos heredado cierto grado de privilegio blanco por los procesos familiares. Hoy, sin embargo, se me hace necesario deconstruir dicho silenciamiento de la indianidad propia. Solamente al hacerlo lograremos decir chola sin sentirnos racistas.

Tal vez sea hora de asumir, con René Zavaleta Mercado, que “Bolivia será india o no será”. Conozco gente que lee esta frase con horror, debido a que lo hace desde el propio racismo interiorizado y piensa que por decir eso todos tenemos que usar poncho y abarcas. La conclusión de Zavaleta, en realidad, implica asumir los distintos espesores de nuestra indianidad, deconstruyendo y deteniendo los procesos de blanqueamiento cultural. Eso no significa, por supuesto, renunciar a la cultura occidental, sino dejar de mirarla como un ente superior al cual subyugarse y entrar en un diálogo de ideas, conceptos, credos y costumbres. Hoy veo claro que mi historia sería distinta en una sociedad no racista, en la cual probablemente yo habría crecido diciendo chola sin culpa, hablando, leyendo y escribiendo en aymara.

Juan P. Vargas es literato.

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